Hilo de entrevistas - el novelista Eugenides y el ilustrador Sempé
La vida al margen del deporte (la hay)

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hoeman
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Hilo de entrevistas - el novelista Eugenides y el ilustrador Sempé

por hoeman » 08 Mar 2018, 00:26

Propongo que éste sea un hilo donde podamos colgar entrevistas que nos hayan parecido interesantes. Empezará monsieur.

1. Frédéric Beigbeder (2018, Jotdown, http://www.jotdown.es/2018/02/frederic- ... iteratura/) - Pág. 1
2. Svetlana Alexiévich (2018, Letras Libres/ Ord & Bild, https://www.letraslibres.com/mexico/rev ... por-la-ira) - Pág. 1
3. Martin Parr (2018, El Mundo, http://www.elmundo.es/papel/cultura/201 ... b4598.html) - Pág. 1
4. Günter Wallraff (2018, Jotdown, http://www.jotdown.es/2018/05/gunter-wa ... o-decadas/) - Pág. 1
5. Jeffrey Eugenides (2018, El País, https://elpais.com/cultura/2018/06/11/a ... 50662.html) - Pág. 1
6. Jean-Jacques Sempé (2018, El País, https://elpais.com/cultura/2016/05/12/b ... 46068.html) - Pág. 1
Última edición por hoeman el 19 Jun 2018, 15:34, editado 7 veces en total.

hoeman
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Re: Hilo de entrevistas

por hoeman » 08 Mar 2018, 00:30

Frédéric Beigbeder en la Jotdown:

http://www.jotdown.es/2018/02/frederic- ... iteratura/

(Entrevista a cargo de Álex Vicente)

Desde el año pasado escribes una columna en el suplemento Icon. Sabrás que la última despertó cierta polémica. En ella te metías con los directivos de las tecnológicas. ¿Qué tienes contra ellos?

Lo que decía es que el mundo está controlado por esos geeks de gafas gruesas, que fabrican los algoritmos que nos gobiernan. Los ingenieros informáticos se lo tomaron a pecho y recibí toneladas de mensajes que me recriminaban que los injuriase así. Creo que es una parte de la población que no está nada acostumbrada a la crítica. No han entendido que, cuando uno se vuelve poderoso, siempre le llueven las críticas. Entiendo que, al no tener costumbre, les resulte muy desagradable. Pero debería quedarles claro que, si aspiran a convertirse en los reyes del mundo, la gente se va a mofar de ellos. Es algo que viene en el mismo lote.

No es tu primera polémica. Supongo que, a estas alturas, las reacciones de indignación de los demás ya te resbalan…

En realidad, las considero un homenaje a la fuerza de la escritura. Cuando escribes algo que molesta a la gente, hasta el punto de hacerles reaccionar de esa manera, significa que has ganado. Quiere decir que has hecho bien tu trabajo. Yo soy partidario de una escritura que despierte, que sacuda, que haga reír y que moleste. Y amo la sátira, por lo que siempre exagero un poco. Cuando digo que esos informáticos no perdieron la virginidad hasta los veinticinco años y que se han pasado media vida masturbándose, se sobreentiende que estoy exagerando. Si luego esos tipos se molestan y no entienden que lo que digo parte del absurdo y de la caricatura… De todas formas, Mark Zuckerberg y los señores que han creado Google o Apple prefiguran un mundo al que no estoy seguro de seguir queriendo pertenecer…

¿En qué sentido? ¿Qué cambios observas desde que empezó su apogeo?

Observo que les da completamente igual la noción de la vida privada. Hoy en día se considera que, si te molesta exponer tu vida privada, será porque tienes algo que esconder o que reprocharte. Me parece un planteamiento fascista. Es algo que me da mucho miedo.

Igual que en ciertos países protestantes que viven sin cortinas. Cuando alguien instala una en su ventana, es porque esconde algo…

Exacto. Asistimos a una generalización de ese modelo de sociedad. Otra cosa que me da mucho miedo es que esos tipos planifican la vida de los demás. El principio de buscadores como Google es proponerte búsquedas similares a las que ya has realizado en el pasado. Cada vez más, la máquina adopta el lugar del usuario y decide por él. Por supuesto, hoy tenemos acceso a más información que nunca, pero siempre a través de una preselección maquinal. La compleción de este sistema llegará cuando la máquina decida a qué restaurante tienes que ir o con qué mujer debes ligar. En vista de los últimos avances, ya no estamos muy lejos de eso. Dos cosas van a desaparecer: el secreto y el azar. Y con ellos la literatura. Desaparecerá la coincidencia, el hecho de que una mujer se cruce con un hombre en un lugar y una hora determinados, por simple casualidad. Y, para mí, sin secreto y sin azar deja de haber literatura.

Déjame hacer de abogado del diablo. Tal vez lo que desaparecerá es la literatura tal como la entendíamos hasta ahora. Es decir, la literatura que sigue el modelo del siglo xix.

Sí, tienes razón, aparecerán nuevas formas literarias. Lo que pasa es que, detrás de la desaparición de la que hablo, también se esfuma algo todavía más importante: la humanidad. La idea de que un hombre libre y no controlado por la máquina decida sus actos, sin depender del poder creciente de un algoritmo. Es algo que reivindican abiertamente esos directivos, que se sitúan en lo poshumano o lo transhumano. No quieren ser animales mortales a quienes les suceden cosas azarosas. Ellos quieren controlarlo todo, del nacimiento a la mortalidad. O a la inmortalidad, mejor dicho. La verdad es que siento una gran inquietud por esta especie humana en plena transformación.

¿Y qué haces? ¿Cómo resistes frente a eso?

Pues lo observo y me río. En eso consiste el trabajo de escritor. No me considero ni un rebelde ni un resistente. Escribir es lo máximo que puedo hacer. Yo creo en la definición de la literatura que dio Stendhal. Para mí, la literatura tiene que seguir siendo un espejo. La novela es un espejo que refleja el mundo. Me gusta esa imagen. Primero, porque me permite observarme a mí mismo, lo que me da una excusa perfecta para seguir comportándome como un narcisista. Y segundo, porque me permite tender ese espejo a mis contemporáneos para mostrarles lo que sucede a su alrededor.

Como decía antes, también podemos hacer una crítica a la literatura, que muchas veces sigue pegada al modelo decimonónico. Especialmente, la francesa. Por ejemplo, el último premio Goncourt, Canción dulce, se inspira en un suceso y habla de las diferencias de clase en el París contemporáneo. Es decir, igual que la novela del siglo xix.

Sí, eso es verdad. Pero ¿cuál es la alternativa? La literatura francesa ya vivió su momento de renovación con el nouveau roman y no funcionó. Ya pasamos por ese periodo experimental y el resultado fue un aburrimiento considerable. Con la nueva generación que encabezó Michel Houellebecq, se regresó al modelo de Balzac, el del realismo y la descripción de la sociedad y de la ciudad. Creo que es una etapa necesaria, porque la experimentación había ido muy lejos en la fase anterior. Diría que fue una etapa, igual que el cubismo o la abstracción en las artes plásticas, que alcanzó un punto de impasse. Topó con los límites de lo que es legible. A mí, por lo menos, me parece un coñazo tener que leer cien páginas de descripción sobre una silla.

Lo que dices es que seguimos necesitando personajes, relato, psicología, cierto apego por el protagonista…

Yo creo que sí. Después se puede innovar dentro de ese marco, como hicieron autores que me gustan mucho, como Bret Easton Ellis o David Foster Wallace. Una cosa no impide la otra. Hablar de la realidad contemporánea no imposibilita que se creen formas de expresión nuevas ni que se integren aspectos que, tradicionalmente, han quedado al margen de la literatura. Yo escribí un libro que sucedía en el World Trade Center poco después del 11 de septiembre de 2001 [Windows on the world]. Y también un cuento que transcurría en un aeropuerto [Spleen en el aeropuerto de Roissy-Charles-de-Gaulle]. Y otro que transcurría íntegramente en un club nocturno [El primer trago de éxtasis].

Hasta no hace tanto, tenías a la crítica de tu país en contra. ¿Consideras que fueron injustos contigo?

Si le haces esa pregunta a cualquier escritor, te responderá siempre que sí. En realidad, todo lo que quiere un escritor es que le den inmediatamente el premio Nobel y que las mujeres se le tiren encima cuando pasea por la calle. Y, en ese sentido, no siempre hay justicia, aunque yo no me puedo quejar. Sé que hay gente a quien no le gusto, pero insisto en que lo más importante es provocar una reacción. Nunca he sentido que se me tratara con verdadera injusticia. Tal vez solo en el sentido opuesto al que apuntas: puede que, por lo menos al principio, mi éxito fuera una injusticia. Tal vez el éxito de 13,99 euros fuera una injusticia, porque no estoy seguro de que lo mereciera. No es lo mejor que he escrito. Diría que se recompensó la caricatura, la violencia, la pornografía, lo ultrajante de aquella sátira. Es eso lo que sedujo.

Cuando relees ese libro, ¿ya no te gusta?

En realidad, siento ternura por él, porque me recuerda a mi juventud. Supongo que es una etapa que debía atravesar para llegar a las novelas que he escrito más tarde. Aunque también encuentro que ha envejecido un poco mal. Y que, a veces, resulta demasiado brutal, le falta un poco de sutileza… Pero, a la vez, lo sigo encontrando divertido. En aquella época estaba muy enfadado. Estaba amargado, frustrado y deprimido por mi oficio de publicista. Me vengué a través de la escritura. Fue un desahogo, una liberación extraordinaria a nivel personal. Cuando el lector se adentra en las páginas de 13,99 euros, le entran ganas de destrozarlo todo. Mis novelas posteriores son más sosegadas y no tienen esa misma fuerza, que era una consecuencia de la ira. De todas formas, todos mis libros son muy imperfectos. Uno siempre escribe para corregir el libro anterior. Si se escribe, es para mejorar el fracaso precedente…

Cuando abres uno de tus viejos libros, ¿te entran ganas de cambiar algo?

Tampoco es que me relea todos los días… Solo lo hago cuando se publica uno de mis libros en edición de bolsillo. Siempre hay que echar un vistazo para evitar errores. Suelo hacer una cosa que también hacen muchos otros escritores, aunque nunca lo confiesen: siempre cambio alguna palabra, alguna referencia que ya no se entiende. O actualizo algún pasaje en concreto. Por ejemplo, en El amor dura tres años, cuando Marc Marronnier se intenta suicidar, es Mozart quien le salva la vida. En la versión de bolsillo lo cambié por Michel Legrand, porque acababa de participar en la adaptación cinematográfica que rodé. Me apetecía que el libro y la película fueran coherentes.

¿Y los títulos? ¿Alguna vez te apetece cambiarlos? Por ejemplo, ahora ya no pensarás que El amor dura tres años…

Sí, es un título que ahora me parece falso, en lo que respecta a mi vida privada. Pero, de todas maneras, creo sigue siendo un buen título. A un título no se le pide que sea una verdad universal, sino simplemente que llame la atención. Y, en el fondo, sigo sospechando que ese título contiene mucha verdad. La sociedad de consumo, que tanto defiende el individualismo y un hedonismo frenético, me sigue pareciendo incompatible con un amor duradero. Al sistema le interesa más contar con solteros infelices, porque estos siempre consumen más.

¿La soltería es el estado civil óptimo para el capitalismo?

Claro, porque transforma al ser humano en un consumidor dócil, que intenta sustituir la felicidad por el consumo. Esa es la teoría que fundamentó mis novelas de aquella época, a principios de la década pasada. En aquel momento, me sentía muy influido por los altermundialistas, por los grupos contra el consumo y la publicidad, que fueron muy poderosos en Francia.

Es un movimiento que parece haberse extinguido…

Más bien se ha transformado. Por ejemplo, lo que defiende Jean-Luc Mélenchon, candidato a las próximas presidenciales, se parece bastante a lo que defendían aquellos grupos.

Lo curioso es que, cuando se observa la sociología de los votantes de Mélenchon, no hay demasiados obreros ni representantes de las clases humildes. Se trata más bien de clases medias que participan plenamente en el consumismo del que habla. Tal vez votan por él para sentirse menos culpables…

Yo respondo perfectamente a esa definición… [risas]. De hecho, es un reproche que me han lanzado muchas veces: aprovecharme del mismo sistema que denuncio. Nunca se me ha dado demasiada importancia, porque se me considera un cómplice de ese sistema. En el fondo, yo creo que es un reproche que se podría hacer a toda persona que viva en un país occidental. Estamos todos embarcados en el sistema. Algunos se sienten más culpables y otros, menos. Dentro del primer grupo, hay quien recicla frenéticamente, hay quien colabora con organizaciones humanitarias, hay quien vota a Podemos…

Me gustaría hablar de una parte menos conocida de tu biografía. En 2002 fuiste jefe de comunicación del Partido Comunista Francés (PCF) y de su candidato a las presidenciales, Robert Hue. ¿Por qué diste ese paso?

Fue una manera de intentar actuar frente a la impotencia que sentía. 13,99 euros hablaba de un tipo que se siente prisionero y no llega a escapar de su situación, fascinado y asqueado como está por el confort material. Y ese era también yo. Fue una propuesta llegada del Partido Comunista, a la que no me pude negar. Todo empezó porque una vez leyeron varias páginas del libro en un congreso del partido. Me sentí muy adulado, la verdad. Me sentí prácticamente como Karl Marx. Después me invitaron a una reunión en su sede, en la plaza del Colonel Fabien, un edificio impresionante obra de Oscar Niemeyer…

¿Qué consejos les diste?

En aquella época, el Partido Comunista se estaba extinguiendo. La gente se preguntaba para qué podía servir. El eslogan que ideamos fue: «Ayude a la izquierda a seguir siendo de izquierda». Era una manera de recordar que el papel de la izquierda era frenar el ultracapitalismo, apoyar la justicia social y la redistribución de la riqueza… Recuerdo una rueda de prensa multitudinaria para presentar el programa electoral. El mismo día, el Partido alquiló parte de la sede para acoger un desfile de moda. Tuve una frase desafortunada que despertó un escándalo: «Han pasado de Pravda a Prada». Creo que una parte de mí actuó con sinceridad y la otra, no. Tengo un problema, y prefiero confesártelo, puesto que vamos a tener que hablar bastante rato. Utilizo mucho eso que los franceses llamamos «segundo grado», que implica no tomarse las cosas al pie de la letra. Observo la vida con ironía, hasta el punto de que, a veces, me parece un problema de orden psiquiátrico. Veo la vida como una sucesión de capítulos cómicos. Como siempre estoy haciendo bromas, la gente no me toma en serio. Pero, de todas formas, yo mismo tampoco me tomo a mí mismo demasiado en serio. Soy, a la vez, un testigo y un payaso.

Lo curioso, en tu caso, es que ese desapego no se ha transformado en misantropía, como sucede en tantos casos. Al revés, parece que te guste bastante la compañía de los demás.

Es verdad. No soy un misántropo, aunque admiro a quienes lo son. Me gustaría ser como esos escritores que vivieron apartados de todo: Flaubert en su mansión de Normandía, Salinger atrincherado en su casa de New Hampshire… Me parece el summum de la confianza en uno mismo: decidir que resulta innecesario hablar de tu trabajo, porque tu trabajo ya habla por sí solo. Esa es, para mí, la imagen del escritor superior: tener tal confianza en tu arte que todo el resto se vuelva innecesario. El problema es, en efecto, que a mí me gusta la compañía de los demás. Y me gusta hacer muchas cosas: dirigir una revista, presentar un programa en la tele, realizar una película, colaborar en un programa de radio… Es mi manera de estar en el mundo, conectado con mi época. Justo tenemos ahí un retrato de Cocteau, que también desempeñó muchas actividades distintas a lo largo de su vida. Cuando le preguntaban si se definía como poeta, cineasta o ilustrador, él solía responder: «Solo busco un rincón frío en la almohada». Me identifico mucho con esa frase. Creo que, si solo escribiera novelas, me terminaría aburriendo.

Volviendo al Partido Comunista, aquella experiencia terminó con un fracaso considerable…

Sí, fue un fracaso total. Hue solo consiguió un 3 % de votos. Ahí terminó mi carrera en la política. Lógicamente, nunca me volvieron a proponer nada parecido. Recuerdo muy bien aquella noche electoral de 2002. Más que por ese resultado catastrófico, por el paso de Jean-Marie Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales. Fue un cataclismo observar que un cuarto de la población era capaz de votar por la extrema derecha racista, xenófoba y antisemita. Fue un choque terrible y un motivo de inquietud que todavía no ha terminado. El éxito del Frente Nacional nos recuerda los capítulos más sombríos de nuestra historia. Ese sentimiento de miedo al extranjero, de atracción por los demagogos y los populistas… Mi última novela, Oona y Salinger, no era solo una historia de amor entre dos jóvenes. También hablaba del contexto histórico de los años cuarenta. Fue una manera de recordar que esa década guarda muchos parecidos con la actualidad. Hoy presenciamos de nuevo cómo ciertos países se vuelven nacionalistas y proteccionistas, asistimos a una crisis sin fin que provoca un paro estratosférico, somos testigos de todas esas historias de racismo y de religión… Donald Trump y el brexit nos recuerdan que la historia siempre se repite. Y cuando uno sabe lo que viene después, no le apetece demasiado que se repita.

¿Qué encarna Donald Trump para ti?

En el plano personal me parece un tipo horripilante, por supuesto. Pero, como novelista, me parece un personaje fantástico. Parece salido de las obras de Rabelais. Es Ubú rey, prácticamente un Quijote… Cada etapa de su ascensión ha estado caracterizada por el mismo factor: todo el mundo estaba plenamente convencido de que no sucedería lo que, al final, terminó sucediendo. Primero, se creyó que no ganaría. Y luego, que no se atrevería a aplicar su programa. Lo que estamos viendo es que sí piensa hacer todo lo que prometió y, encima, a toda velocidad. No podemos comparar lo incomparable, pero eso es exactamente lo que sucedió con Hitler.

Trump también parece un producto del sistema del que hablabas antes…

Puestos a escoger a un millonario, los estadounidenses podrían haberse decantado por cualquier otro. Bill Gates, por ejemplo. Al final, escoger a un geek hubiera sido menos grave. Trump es una caricatura de la plutocracia mediática impulsada por la televisión. No es que esté obsesionado por los años treinta y cuarenta, pero hay otro paralelismo. Hitler ganó en tiempos de la invención de los medios de masas, como la radio y el cine, que la propaganda nazi utilizó de manera muy astuta, porque la población de aquella época todavía no había aprendido a decodificarla. En el caso de Trump, ha sucedido lo mismo con las redes sociales. Es curioso, porque una mañana dice una cosa y, al día siguiente, lo contrario. Y a nadie parece importarle lo más mínimo esa incoherencia. La caricatura de la oligarquía que Trump encarna se convierte, poco a poco, en un totalitarismo tiránico y bárbaro, llegado de un país que, hasta ahora, considerábamos que nos había liberado de este tipo de opresión…

Como sabes, siempre se te ha tratado de enfant terrible. ¿Es una etiqueta en la que te reconoces?

En realidad, fui un niño muy obediente, bastante buen alumno. Pero entiendo por qué se suele decir eso. Siempre me ha gustado oponerme al destino que otros decidieron por mí. Es decir, se me instó a escoger un oficio serio, en lugar de ejercer de saltimbanqui. En el entorno burgués en el que crecí, ser un literato no se considera, precisamente, un gran éxito. Todavía menos al principio, cuando mis libros no se vendían. Dicho todo esto, nunca me he considerado un enfant terrible. Hay escritores mucho más desobedientes que yo. De acuerdo, me gusta salir de fiesta y una vez terminé en la cárcel por consumir drogas. Pero de ahí a llamarme enfant terrible, no lo sé… Entiendo que me hayan pegado esa etiqueta de insolente y chistoso. Es una manera de descalificarme. Diga lo que diga, me tratan como un borracho y un drogado, y así no tienen que escuchar lo que estoy diciendo. Lo curioso es que, a fin de cuentas, da cierta libertad vivir detrás de esa máscara. Resulta cómodo y práctico, porque puedo hacer lo que me venga en gana. Si no me llamaran enfant terrible no podría decir las estupideces que digo. Tengo la sensación de que otros escritores tienen la obligación de ser mucho más serios.

En cualquier caso, sí has sido el enfant terrible de tu familia. Por lo menos, respecto a tu hermano Charles, empresario y político de derechas, con imagen de yerno perfecto. No sé qué diría un psicoanalista de vuestro caso…

Ya que sacas a Freud a colación, me gustaría decir una cosa. Freud habló mucho del padre y de la madre, cuando yo creo que la identidad de un niño se define mucho más respecto a sus hermanos. Si tienes un hermano perfecto y a quien se le dan estupendamente las matemáticas, es muy probable que tú tires por las letras, que seas menos perfecto y que intentes ser más original que él. Para mí, el papel de mi hermano mayor es infinitamente más importante que el deseo de acostarme con mi madre y asesinar a mi padre. Es posible que Freud se equivocara…

¿Qué tipo de relación mantienes hoy con tu hermano?

Nos queremos, pero no nos vemos mucho. No estamos de acuerdo en nada en absoluto, así que no hablamos de cosas que puedan dividirnos. Y, de ese modo, acabamos hablando de cosas bastante profundas. Cuando no puedes hablar de política ni de nada que pueda provocar fricciones, acabas hablando de cómo están tus hijos, de lo que vas a comer por la noche, del tiempo que hace hoy… Y, al final, he entendido que eso no está tan mal. Por ejemplo, mi hermano Charles apoya a Donald Trump. Si nos ponemos a hablar de este tema, terminaremos peleándonos como tertulianos en un plató de televisión. Será un diálogo estéril. Por eso he entendido que es mejor que nos hagamos preguntas más importantes. «¿Cómo te va todo?». «¿Cómo está tu hija?». «¿Tienes una amante?» [risas].

Paul Auster opina lo mismo que tú: «Hablar del tiempo es algo que nos une como especie. Es como decir: “Yo soy humano y tú eres humano”».

¡Cuánta razón! Ahora que vivo la mitad del año en el País Vasco francés, me doy cuenta de que hablo cada vez más de la meteorología. En Guéthary, a la gente le importa un pimiento quién será el próximo presidente de la República. Prefieren saber si mañana va a llover. Si has visto la puesta de sol hace un rato, y si te ha parecido más o menos bonita que la de ayer. En París, en cambio, ni siquiera vemos el cielo. He entendido que no es un tema superficial, en absoluto. A fin de cuentas, soy como un viejo jubilado que habla del tiempo con su panadera. Ya ves que, como enfant terrible dejo bastante que desear.

¿Por qué te marchaste a Guéthary, siendo tan parisino como eras?

Porque allí logro concentrarme e incluso aburrirme. He entendido que quiero envejecer allí. La vida es más sana y menos cara. El aire es respirable. Me ha hecho entender por primera vez a los ermitaños, yo que era tan alocado y tan juerguista… Sigo siendo un escritor muy urbanita, pero creo que estoy empezando a cambiar. Por primera vez de mi vida, entiendo a Tolstói.

¿En qué momento empezaste a cambiar?

Hace unos diez años. En 2007 empecé a ir a Guéthary para investigar sobre los aspectos olvidados de mi infancia. Y allí, me di cuenta de que lograba concentrarme de una manera distinta. Me compré una casa y empecé a escribir en ella. En París lograba escribir un artículo, el texto de un prompter televisivo o una sección radiofónica, a lo sumo, pero no una novela. Me di cuenta de que no me apetecía escribir a las tres de la madrugada en el asiento trasero de un taxi. Ahora me levanto temprano y me pongo a escribir. A los cincuenta años he descubierto que la inspiración surge de la disciplina. Antes creía que tenía musas… El alcohol, las drogas y las chicas guapas eran mis musas. Estaba sumido en una agitación histérica, y mi literatura surgía de ahí.

Se nota. Tu forma de escribir ha cambiado mucho en los últimos años…

Se ha vuelto más aburrida, ¿no? [risas].

No, se ha vuelto mejor. Antes, al cabo de cincuenta páginas, el libro ya parecía agotado, igual que lo estaba el lector.

Tienes razón, era como un número de claqué… Ahora creo que antes no escribía novelas, sino fragmentos inconexos, robados en un lado o en otro. Escribía a la velocidad de la ciudad, como un espía tomando notas. Tenía cuadernos y más cuadernos donde apuntaba frases sueltas. Ahora siento una serenidad. Diría que tengo más confianza en mí mismo. Por ese motivo, tengo menos necesidad de contar chistes todo el día. Durante mucho tiempo, sentí vergüenza, porque no me sentía legítimo. Sentía demasiada adoración por la literatura para creer que merecía ocupar un asiento en su interior. La presión de la biblioteca me aplastaba. Nunca he sentido la angustia de la página en blanco, pero sí la de los grandes escritores que me han precedido…

¿Cuándo cambia eso?

Cuando escribí Una novela francesa. Hasta entonces, nunca había entendido que mi generación también tenía una historia que merecía ser contada. Formo parte de una generación que no ha vivido ninguna guerra, pero que sigue teniendo derecho a contar su propia historia. Tenemos derecho a hablar de ese vacío, de esa amnesia, de otro tipo de dolor. Por ejemplo, me costó mucho entender que el divorcio de mis padres era mi guerra particular. Es el primer libro donde me presento, donde digo que no soy Octave [el protagonista de 13,99 euros] sino Frédéric, un chico nacido en Neuilly-sur-Seine que iba a pescar gambas con su abuelo durante los veranos. Ese fue un momento fundamental para mí.

Tu compatriota Annie Ernaux dice que todo escritor debe llegar a hasta el fondo de su historia personal si aspira a convertirse realmente en escritor. ¿Eso es lo que te pasó?

Tampoco creo que sea obligatorio para todo el mundo, pero en mi caso sí fue muy importante. Fue eso que decía Kafka: un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que existe dentro de cada uno de nosotros. Odio ese término que tanto usan los escritores, la «necesidad» de contar una historia, pero en el fondo resulta acertado. En un momento dado, me dije que debía dejar de intentar gustar a una serie de lectores imaginarios y escribir el libro que necesitaba escribir. Me dije: «Deja de esquivar el libro que te constituye». Entendí que terminaría saliendo, un día u otro…

Has dicho que tu detención por consumo de cocaína en 2008 fue un punto de inflexión.

Tampoco es que fuera el caso Dreyfus, pero sí fue importante. Me da mucha rabia decir que la policía tiene razón, pero en mi caso ese arresto funcionó. Te encierran en una celda sin reloj, sin móvil y sin revistas para distraerte, así que tarde o temprano te sientes obligado a preguntarte: «¿Qué estoy haciendo aquí?». Y te respondes: «Estás aquí porque has hecho algo prohibido». Y entonces surge otra pregunta: «¿Por qué tengo la necesidad de hacer cosas que están prohibidas?». Odio el castigo y la cárcel, que me parece una tortura innoble, pero en mi caso funcionó. Fue un incidente sin importancia, pero que me obligó a decirme a mí mismo: «Deja de tomarte por alguien que no eres, por uno de los personajes de tus novelas». Entendí que no era Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street. Entendí que, en realidad, era mucho más aburrido y banal.

De repente, te encontraste ridículo por primera vez…

Sí, un poco. O tal vez simplemente estaba de bajón de cocaína y temblaba de pura angustia… [risas]. No he cambiado de opinión sobre la droga, aunque no me apetece que mis hijas hagan las mismas tonterías que yo. No quiero que se conviertan en dependientes, que es lo más terrible de la droga. A mí la droga me parece bien, pero siempre que sea en un contexto de joie de vivre, hedonismo y convivencia. Si es una experiencia alegre y ocasional, me parece estupenda. Pero, no sé, a partir de cierta edad… Ay, qué moralista estoy quedando en esta entrevista… Solo diré que a mí me gusta mucho desobedecer. Y cuando la droga se convierte en algo sistemático, deja de interesarme, porque me pongo a desobedecer a ese sistema.

Desde 2013, también diriges la revista Lui, con la que has resucitado la desaparecida cabecera erótica creada en 1963, para la que posaron estrellas como Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jane Birkin y hasta Isabelle Huppert. Su resurrección vino acompañada de cierta polémica. La asociación Acrimed, por ejemplo, te acusó de defender un machismo cool y de proponer un regreso «al antifeminismo de los años sesenta».

Soy un hombre heterosexual. Y eso significa que funciono de una determinada manera: me gusta la seducción, el erotismo, las imágenes sexis… ¿Eso me convierte en un falócrata y un misógino? Yo no lo creo. Lui es una forma de oponerse a la heterofobia, ese nuevo fenómeno cada vez más extendido. Aspiramos a defender la masculinidad en todos sus aspectos, a partir de la igualdad y del respeto, pero sin tener que destruir el erotismo. Igual que existe un movimiento feminista, ¿no podemos contar con otro masculinista? Yo no considero a las feministas como adversarias. He entrevistado a las Femen y a Pussy Riot para la revista. Creo que hombres y mujeres deben reflexionar sobre la forma adecuada de amarse, sin recurrir al machismo, pero tampoco al aislacionismo. Entre lo que dice Trump y la vida monástica, debe de haber un punto medio. Además, hay muchas mujeres que se quejan de que los hombres ya no osen seducirlas, por miedo a quedar como unos cutres. Lui es una revista elegante, literaria y divertida, que intenta demostrar que se pueden publicar fotos sexis sin rebajar a la mujer al nivel del objeto.

El argumento de tus opositores es que no existe una revista como Lui para las mujeres, donde los hombres aparezcan desnudos en portada. Y que, probablemente, no es ninguna casualidad que no exista…

Pues que se lo inventen. Yo creo que el deseo masculino pasa por la imagen, por la construcción visual. Tal vez es más básico que el femenino, que se suele decir que es más misterioso. Pero bueno, prefiero que lo dejemos estar, porque la generalización que acabo de hacer será considerada, por algunas feministas, como degradante.

¿Dirías que el feminismo está adoptando una deriva puritana?

Hay que hablar de feminismo en plural, que es algo que he aprendido estos últimos años. Hay, por lo menos, dos: uno que defiende el sexo y la prostitución, y otro que es más virtuoso, moral y puritano, que considera que toda mujer desnuda es una injuria. Yo pienso que no es casualidad que, desde hace varios milenios, los artistas representen la belleza a través de cuerpos desnudos de mujer. Para mí, es lo más bello que existe sobre la faz de la tierra. Lo que digo es que me gustaría poder ser heterosexual sin tener que excusarme por ello. Entiendo que, después de tres milenios sin igualdad, sea un asunto complicado. Pero me parece importante que podamos seguir diciendo cosas como «Te quiero» o «Quiero acostarme contigo» sin que las mujeres lo consideren una ofensa. Desear no es un insulto, no es sexista. Lo que es sexista es decir que piensas coger a una mujer por el coño…

Ya que hablas de prostitución, ¿lamentas haber firmado el Manifiesto de los 343 cabrones, que defendía a los clientes de la prostitución frente a la ley francesa que los penalizó en 2013?

Lo que dijimos es que nos parecía violento detener a personas que se encuentran en la miseria sexual. Van a ver a putas porque, si no, no follan. Si encima les ponemos una multa, la humillación es doble. Puede que fuera una estupidez, pero fue una acción prácticamente de compasión. Pero, bueno, es un asunto sobre el que hoy resulta imposible ser audible…

Se te reprochó ver este problema desde el punto de vista del cliente y no de la prostituta, que muchos consideran la víctima de esta situación.

Siempre me preocupa que se trate a una persona adulta como si no supiera lo que está haciendo. Las prostitutas son, algunas veces, víctimas de un tráfico de personas que me resulta espantoso. Pero, otras veces, son personas adultas que han decidido ejercer ese oficio a conciencia. ¿Quién tiene derecho a decidir en su lugar que son víctimas inconscientes?

Se te tiene por un holgazán y por un hombre mundano, aunque en realidad trabajas muchas horas a la semana. Dicen que es un clásico de quienes aspiran a apaciguar una ansiedad. ¿Es tu caso?

Depende del día en el que me pilles. Acabo de pasar una semana en Guéthary durante la que no he hecho prácticamente nada, aparte de escribir. Cuando vengo a París, en cambio, tengo jornadas laborales dignas de un estajanovista. Hoy he tenido varias citas profesionales, he pasado la mañana en la redacción de Lui, he preparado mi sección de los viernes en la radio pública francesa… Supongo que sí responde a una angustia. No puedo negarlo. Pero también te diré que estoy cambiando. Cada vez me gusta menos estar desbordado. No me gusta que no me dejen controlar mi libertad y empiezo a protegerme mucho más. Antes me resultaba imposible decirle que no a alguien. Me sentía tan halagado de que alguien se interesara por lo que hago que nunca lo conseguía. Desde hace algún tiempo, he aprendido a decir que no.

Cuando dices que la semana pasada no trabajaste y que te limitaste a escribir, ¿significa que no lo consideras una verdadera actividad laboral?

En realidad, escribir también pasa por no hacer nada. Es sinónimo de caminar, de estirarse en una hamaca y dejar pasar las horas. Un tipo que observa el cielo desde su tumbona es un escritor en pleno trabajo, aunque sea difícil hacérselo entender a mi mujer cuando me pide que la ayude un poco más. «Te juro que estoy trabajando, chérie…». En el fondo, el de escritor es el único oficio que te permite tener una excusa perfecta para levantarse tarde y para hacer la siesta.


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Hay_sinla
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Re: Hilo de entrevistas

por Hay_sinla » 09 Mar 2018, 17:36

Ya va tomando el camino su arambol.
Somos Gary Cooper y Sara Montiel
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Cypresshill
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Re: Hilo de entrevistas

por Cypresshill » 09 Mar 2018, 21:01

Ana Pastor entrevista a Peter, del “Quién es quién”

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Ana Pastor, la periodista de Televisión Española, acepta el encargo de El Mundo Today y charla con Peter, uno de los 24 integrantes del célebre juego “Quién es quién” que triunfó en los años ochenta, convirtiéndose en todo un clásico de la diversión en familia.

Ana Pastor: Bienvenido y muchas gracias por aceptar este reto. En primer lugar, me gustaría saber si es usted una mujer.

Peter: No.

AP: Ha respondido muy rápido. Aquí no se le va a juzgar por si es hombre o mujer, quiero que se sienta cómodo en este sentido. Se lo vuelvo a preguntar, y pido por favor una respuesta razonada. ¿Es usted una mujer?

P: No.

AP: Bien, se cierra en banda. Ha venido aquí a hacernos creer a mí y a los lectores que es usted un hombre con una gran barba varonil, una voz grave y todo ese discurso del patriarcado que conocemos de sobra. Ha venido, en definitiva, a defender la imagen de un hombre con barba…

P: (…)

AP: Se lo estoy preguntando. ¿Lleva usted barba? La pregunta es muy clara.

Peter: No.

AP: Déjeme hablar, por favor. Entonces tenemos que aceptar, punto uno, que no es una mujer y, punto dos, que no lleva barba, que no tiene ni un solo pelo en el rostro, ni siquiera bigote… ¿En serio pretende que creamos eso? ¿No tiene bigote? Podría tener bigote y no tener barba. Le pido un poco de valentía; le pido, le exijo, que si tiene bigote lo diga. Con los datos que maneja, ¿tiene o no tiene usted bigote?

P: No.

AP: Cambiemos de tercio. Hablemos de la nariz, un tema muy discutido, un tema clave, si me permite el apunte. Desde ciertos enfoques se ha defendido la imagen de una nariz prominente. ¿Se siente reconocido en este tipo de corrientes? Bill, por ejemplo, tiene la nariz bastante pequeña. Es hombre, no lleva barba, tampoco bigote, y tiene una nariz insignificante, ridícula incluso… Alguien podría pensar que es usted esa persona. Pero vayamos por partes: ¿tiene la nariz grande? Le pido sinceridad.

P: Sí.

AP: Bueno, es un primer paso. Tanto yo como los lectores debemos descartar a Bill de todas las quinielas, e incluso a Sam. A Charles ya no está tan claro que podamos descartarlo… ¿Qué tiene que decir al respecto?

P: (…)

Peter: “No”.

AP: Usted no conteste, que yo insisto, e insisto porque tengo que preguntárselo: ¿Es usted Charles?

P: No.

AP: Pues no es lo que dicen las encuestas. ¿Es usted calvo entonces?

P: No.

AP: A ver, no me líe. Y un respeto desde aquí a todos los alopécicos que nos están leyendo. Quiero que sepa que es un orgullo para los alopécicos no tener pelo, no es motivo de vergüenza. Pero sigamos: Debo entender que se niega a ser visto como el típico calvo con gafas. Porque usted gafas no lleva…

P: No.

AP: Vaya hombre, tiene usted el “No” como eslogan…

P: No.

AP: En realidad era un apunte retórico, no se lo estaba preguntando, Peter. Porque es usted Peter. Con pelo, sin bigote, nariz grande… Es Peter. ¿Es usted Peter?

P: Sí.

AP: Fantástico. Genial. Se confirma, pues. Nos lo está confirmando usted mismo aquí, en esta entrevista en exclusiva. Es Peter, ni más ni menos. Bueno Peter, pues agradecemos que haya tenido la valentía de quitarse la máscara ante la opinión pública. Muchas gracias por participar y le deseamos toda la suerte del mundo.

hoeman
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Re: Hilo de entrevistas

por hoeman » 10 Mar 2018, 00:58

Svetlana Alexiévich en Letras Libres (publicada originalmente en Ord & Bild):

https://www.letraslibres.com/mexico/rev ... por-la-ira

(Interpretado del ruso al sueco por Kajsa Öberg Lindsten; Traducción del sueco al español por Danilo Drašković Sierra.)

[Sentada frente a la cámara.]

¿Adónde miro?

Todos mis temas nacen de la vida. El primero fue una serie de libros. Una historia sobre aquellos tiempos, los tiempos rojos, cuando la idea en sí era lo más importante. En menor o mayor grado, todos estábamos contagiados por esa idea. O limitados por ella. Sin embargo, todos dependíamos de ella y muchos creían sinceramente en ella. Al final, muchos perdieron la fe. Pero la idea seguía ahí, como una semilla dura hecha de acero corrugado. Muchas cosas pasaron durante ese tiempo, durante el reino de la idea. Yo elegí los sucesos más fuertes, los más dramáticos, aquellos que pudieran mostrar qué tipo de gente éramos. Mostrar por lo que habíamos pasado. Mostrar cómo nos dejamos engañar por la utopía. Y cómo, en un principio, no lo entendimos, pero poco a poco empezamos a darnos cuenta. A darnos cuenta de que simplemente no éramos capaces de vivir de otra manera. Eso no era para nosotros. Y mientras pasaba de un libro a otro, hubo algo que me impactó. La gente hablaba de la guerra o de Chernóbil. Pero las veces que se habla de la felicidad son rarísimas. Tuve la sensación de que sobre las cosas más importantes de la vida humana simplemente no se hablaba. Fue así como empecé a recordar mi propia vida. Mi infancia, por ejemplo. Mis padres nunca hablaban de la felicidad. Que debías ser feliz y crecer. Que la vida es algo bello, que la llegada del amor representa algo por lo que nos tenemos que alegrar. No solo que vas a tener hijos, sino que también vas a recibir amor. Y esto es algo tan enigmático, tan interesante... Pero todas las conversaciones giraban siempre alrededor de la muerte y de la patria. Las cosas importantes y humanas no eran tema de conversación. A medida que el tiempo pasaba, sucedía lo mismo. A pesar de que la gente, obviamente, amaba, vivía. Pero esto nunca llegó a ser... una filosofía de la vida. Dependía de cada individuo abrirse paso y llegar a ese sentido, todos los días. Esta no era ni la filosofía de la sociedad ni la de un individuo. Siempre había algo más importante. Algo que estaba por encima de la gente. Algo parecido a un esfuerzo, a un sacrificio. Algo para lo que siempre tenías que estar preparado. Así, cuando terminé esa serie de libros –cuando la utopía sufrió su derrota, cuando acabamos rodeados de escombros– empecé a sentir que quería escribir sobre lo que de verdad éramos, pero desde otro punto de vista.

Pensé: “¿Cuál podría ser el núcleo de esto?” Si ya se ha hablado sobre Afganistán, la guerra o Chernóbil: ¿qué podría el lector encontrar aquí? En ese momento pensé que justo podrían ser esas cosas en las que por lo regular no pensamos y de las que se puede hablar apenas ahora, cuando la vida privada por fin ha salido a flote. Cuando el dinero por fin recobra un sentido, un significado. Antes, todos éramos igual de pobres. El dinero no tenía ningún peso en especial. Pero ahora, la gente ha empezado a viajar, a conocer el mundo. Han surgido muchas preguntas, la gente empieza a tener deseos. Si lo quisieran, las personas podrían sumergirse en un vasto océano, para ellas desconocido por completo. Es decir, en esa vida privada. Buscar un sentido de la existencia humana que no fuera simplemente morir en algún momento. Resultó que la literatura –la literatura rusa– no les podía ayudar con este tema, pues siempre se trataba de conceptos diferentes. Es decir, sobre ideas elevadas y superiores. Siempre había algo que oprimía la vida humana. Algún tipo de idea sobrepuesta. Las cosas más importantes para nosotros son, claramente, el amor y el tiempo en que estamos a punto de dejar de existir. Cuando nos preparamos para desaparecer de este mundo. Me vino a la mente un título preliminar: El amor y la muerte. Así me decidí por esta idea y empecé a pedirles a diferentes personas que me contaran sus vidas. Lo más importante iba a ser el amor, existiera o no. Porque las personas se pueden dividir en dos grupos: aquellas que conocen el amor y aquellas que no. Si han tenido hijos o no, eso no significa nada. Así que, por mucho tiempo, desde hace unos cinco, seis o siete años, más o menos, meditaba de forma activa sobre este tema. Y grababa a las personas. Durante ese tiempo pude llegar a sentir el material y llevarme una sensación previa del libro, una sensación previa del tema.

Verás... Cuando entrevisto a una persona, no le pregunto sobre la guerra. Le pregunto sobre la vida y, cuando comienza a hablar sobre la vida, el amor siempre aparece como tema. Muy a menudo se habla del amor. Sin embargo, en los libros anteriores, el amor no estaba en el centro de la narración. En el centro había un suceso, como Chernóbil. Ahí, el amor en sí no era el tema principal. Ni siquiera sabemos cuántos tipos diferentes de sentimientos experimentaron, ni cómo eran. Ahí se trata del amor que requiere de sacrificios. Las mujeres parecían preparadas para someterse a esos sacrificios. Así de fuerte era su amor.

Pese a ello, lo más importante era ese suceso, el suceso monstruoso, Chernóbil. ¿O no? Ahora, el tema del amor va a ser diferente. Cuando, por ejemplo, desde este punto de vista empecé a leer clásicos y a revisar nuestra literatura contemporánea, en la clásica pude ver que... para nosotros, las cosas son así: o todo es rosas y mimosas –o una sensibilidad parecida– o el héroe emprende su camino, por la patria, por alguna idea, como es el caso de Turguénev. Lo mismo ocurre con Lev Tolstói, Vronski también se va a una guerra. A pesar de todo, no se habla mucho del amor en sí. Incluso en nuestra lengua, incluso aquí, el lenguaje del amor no ha evolucionado. En nuestra lengua, el vocabulario del amor no está presente de la misma manera que en la literatura francesa. Los franceses tienen diez palabras que describen la sensación en el cuerpo femenino después del acto amoroso. O los movimientos de las manos de la persona amada. Nosotros no tenemos nada de eso. Solo se menciona el cortejo, los encuentros, pero después, el puro proceso del amor... del amor... parece como si fuera algo etéreo. No muestra ningún tipo de materialidad. Como cuando le pregunté a un niño: “¿Qué es el amor?” No, espera, pregunté: “¿Cómo llegaste a ser?” “Mamá y papá se besaron y aparecí yo.” Más o menos, en nuestra literatura sucede lo mismo. Quisiera hacer que ese espacio fuera más fácil de habitar, obligar a las personas a pensar más sobre el hecho de que la felicidad es un lugar vasto. Es como si fuera una casa, con muchas alacenas y cuartos pequeños, cada uno con una llave distinta. La telaraña del amor la tenemos que tejer a lo largo de la vida, tenemos que estar preparados para hacerlo. Es exactamente eso lo que quería introducir en este mundo.

En cuanto a esto, tengo que reconocer que me topé con muchos problemas. No solo que el amor no existe en la literatura. Además, me di cuenta de que este nuevo libro tiene que ser escrito por una persona nueva. Esa persona también tiene que pensar de otra manera, disponer de un vocabulario diferente. Era un tipo de liberación emocional que mis obras anteriores no requerían. Su vocabulario era otro. Era un lenguaje diferente, más duro. Me da la sensación de que el viaje va a ser largo. Una tarea extremadamente complicada.

Por un lado, ese es mi camino, una etapa de mi viaje. El mismo viaje forma parte de mi intención actual. Por el otro, hoy en día, la posibilidad de hablar sobre el valor de la vida me hace sentir como si todas las palabras hubieran sido privadas de significado. ¿Quizá debería regresar a la guerra y escribir sobre lo mismo? ¿Y volver a hablar sobre el absurdo de las matanzas y el oficio demente de matar a una persona? ¿Sobre el hecho de que es necesario matar a las ideas y no a las personas? ¿Que todos deberían sentarse a hablar...? Ya nada de esto sirve. Es banal. En internet cada día puedo leer algo así: “Hoy fueron asesinados treinta soldados de la milicia prorrusa y veinte soldados del ejército ucraniano, aparte de cinco civiles.” Con eso empieza el día. Si hablara de eso, no me serviría. Porque creo que... lo que a la gente más falta le hace es el amor. Es quizás ese el lenguaje que debería usar. Además, en el presente, la sociedad se ha dividido de forma abrupta y la gente ha quedado contagiada por la ira. Hay muchísimo odio. No creo que sea posible ganar esta batalla con palabras comunes, con argumentos comunes. Las familias se separan, todo el mundo discute por Ucrania. Conozco varios casos de niños a los que echaron de sus casas porque estaban en contra de la anexión de Crimea. Vivimos tiempos horribles.

La escritora Oksana Zabuzhko publicó recientemente un libro que trata sobre lo comentado en internet durante el Maidán.1 En mi libro escribí que todo lo espantoso que hay en su libro –la manera en que las personas morían y eran maltratadas– se puede usar para fomentar el odio o el amor. Porque solo el amor puede salvar a los contagiados por la ira. Escribí algunas cosas sobre Ucrania, la situación en Crimea y en contra de la política de Putin. Fue horrible leer lo que se decía en internet, en ruso, ver cómo me maldecían. Pero no solo a mí, a muchos. A Andréi Makarévich, a Borís Akunin, a Liudmila Ulítskaya, a cada uno de los que intentamos decir algo en contra de Putin. Simplemente, era horrible seguir las noticias en internet. No falta mucho para que las personas en serio salgan a las calles y empiecen a descuartizarse. Semejante odio. Me doy cuenta de que hoy debemos hablar en otra lengua. Sin intentar demostrar nada. Quizá deberíamos hablar sobre esas cosas infantiles, como el amor. Sí, no me puedo imaginar otra lengua. Ya nada sirve.

Mis siguientes dos libros son proyectos totalmente diferentes. El primero trata del amor. El otro, de la muerte. O, digamos, del camino a la muerte: es un proceso bastante largo. Cómo envejecemos, cómo cambia nuestra visión del mundo, de qué manera nos relacionamos con él. Al fin y al cabo, la ciencia nos ha regalado unos veinte o treinta años más de vida. ¿Y qué estamos haciendo con eso? Soñamos con la inmortalidad pero, en realidad, no sabemos manejar muy bien esos años extra que nos han tocado. Uno de mis héroes2 me dijo que la vejez también puede ser algo muy interesante. Con este proyecto quiero seguir ese camino hacia el final, al lado de las personas con las que me he encontrado en esta vida. Simplemente recorrer el camino y poder ver toda la vida humana. Desde el principio hasta el final.

Cuando escribo mis libros, las personas no me interesan solo como sujetos que habitan un tiempo específico. Siempre me ha llamado la atención eso que llamo “la persona eterna”, es decir, lo eterno que uno lleva adentro. Ahora, como hay pocos libros escritos de esta forma, quiero observar nuestras vidas, pero no desde un punto de vista histórico, sino más bien desde fuera. Desde el cosmos, digamos. Para mí, todo está conectado: los animales, las plantas, la tierra, el ser humano. Es decir: todo lo viviente. Quisiera poder alcanzar esa percepción que me encanta, la de Albert Schweitzer. Esa veneración de la vida. La de observar a una persona no como ucraniano, bielorruso o algo parecido, sino como una vida palpitante. Es algo de lo que prescindimos en su totalidad. Como si fuéramos absolutamente inmortales. Como si nuestro único objetivo fuera meter un Chernóbil en todo. O un Donetsk.

[Suena el teléfono.]

¿Hola? Liuda, estoy en medio de una grabación. Te llamo luego, adiós.

Todo está conectado: las personas, los animales, los pájaros, todo está vivo. Y lo ignoramos absolutamente. Como si fuéramos inmortales. Como si hubiéramos llegado a este mundo para alcanzar algún objetivo utilitario. Pero, en realidad, llegamos para hacer algo totalmente diferente.

El nombre provisional de mi libro sobre el amor es La felicidad es un ciervo mágico que siempre estamos cazando. Es una cita del escritor ruso Aleksandr Grin, quien era popular antes de la Revolución. De este título tan largo se desprende la añoranza melancólica de la felicidad, tan propia de los rusos. El ruso es un ser con unas características fascinantes. Esto me asombra, incluso cuando todo parece normal. Incluso cuando todo está bien, esa añoranza melancólica siempre está al acecho.

Por esa razón a la gente le encantan los trenes: porque puedes estar sentado mucho tiempo y mirar a través de la ventana. Le encantan los coches por la misma razón: porque gracias a ellos puedes viajar y viajar. No he podido observar esto en otras nacionalidades, pero en el caso de los rusos siempre está presente. A lo mejor está relacionado con la geografía de un país tan vasto. La verdad, es muy interesante.

Cazamos algo... ¡sí! Es una caza eterna... la caza de algo específico, que nunca logramos capturar. Es muy ingenuo creer que basta con atraparlo y arrastrarlo todo el camino, con toda esa suciedad metafísica, todos esos pedazos de vida... y así, de la nada, se convierte en un libro, en una obra de arte. Obviamente, esta percepción es muy ingenua. En realidad, es un trabajo muy sutil, tardado y no tan parecido al de un depredador. Requiere de mucho esfuerzo espiritual, de mucho entendimiento y, sí, de muchas habilidades, sobre todo literarias y humanas. Es un trabajo muy complicado. El género que uso existe en la literatura rusa, también en la bielorrusa... existen libros... y tratan ante todo acerca de la guerra. Porque afectó a un número inconcebible de personas y se generó, literalmente, una sensación de que ni siquiera un genio podría asimilar todo aquello. En realidad, ¿qué es la Segunda Guerra Mundial? Es una guerra muchísimo más extensa que las Guerras Napoleónicas. Por ese motivo, la gente intentó coleccionar un material nuevo. Y tenía la sensación de que ese material nuevo no debía conservarse solo en los cerebros de la élite o en los héroes célebres de la guerra. Como crecí en un pueblo, lo que más me interesó desde siempre no eran los héroes, sino la gente común. Me acuerdo de las abuelas del pueblo...

Dios, todo eso era tan interesante... eran tan complejas, tan sofisticadas... y tan interesantes. Lo que esas abuelas me contaron jamás lo hubiera podido leer en un libro. Por ejemplo, mi abuela paterna... ella era así. Y yo quería... mi objetivo simplemente era... eso que ellas contaban, que nadie escuchaba. En la historia, son granos de arena. Tenía que conservar esos pedazos de ellas que eran geniales. De otra forma, esos pedazos desaparecerían con sus vidas. Todas esas historias que a nadie le importaban, en realidad, eran la historia de los sentimientos. Las quería conservar. Entendí que debería hacer algo parecido a una “novela de voces”: un recuerdo polifónico. Por eso, para cada libro necesité quinientas o incluso mil voces. Para La guerra no tiene rostro de mujer eran mil. Para Voces de Chernóbil también eran muchísimas. Incluso para Últimos testigos necesitaba mucha gente. De modo constante estoy en búsqueda de esos pequeños pedazos, esos granos de oro, y a partir de ellos creo un mosaico.

¿Cómo puedes recordar tanto?

[A Kajsa Öberg Lindsten, que traduce durante la entrevista.]

Es algo parecido a ser un escultor. Cuando le preguntaron a Rodin cómo creaba sus esculturas, dijo: “Tomo un pedazo de mármol y le quito todo lo superfluo.” Se trata de... un principio común. Del caos, que es la vida, logras pulir ciertas imágenes o ciertas estructuras. Para él, eran las esculturas. Para otros, podría ser un templo. Pero la estructura que a mí me toca está hecha de palabras.

La realidad está repleta de secretos. Para empezar, todo el tiempo se nos escapa de las manos. Es sumamente difícil poder captarlo todo, todo el tiempo, ¿no? Captarlo para luego darle forma. Primero debemos entender que las personas ni siquiera perciben muchas de las cosas que llevan dentro. A veces, cuando logras llegar al fondo de un recuerdo, la gente te dice: “Ni siquiera sabía que lo sabía. Lo había olvidado por completo. Apenas me lo preguntaste, empecé a pensar en eso...” Para poder oír algo nuevo, tenemos que reinventar nuestra manera de hacer preguntas.

Hoy no me siento censurada. La única censura podría ser una de la que ni siquiera estoy consciente, una que ignoro. Eso sería lo único que me podría limitar. Por eso, para mí, la música, la pintura, o incluso la filosofía, son muy importantes. También algunos libros interesantes sobre la ciencia. Todo ese conocimiento humano, para saber dónde buscar y qué buscar. Para arrancarnos de la banalidad. Porque, en realidad, todo el tiempo vivimos en la banalidad. Y nos tenemos que liberar.

A veces, cuando me pongo a trabajar, aparecen ciertos presentimientos sobre el libro, ideas. Esas ideas son bastante generales. Las mujeres en medio de una guerra o en el amor, por ejemplo. Unas ideas muy generales. Después, profundizo en el material. Las entrevistas son muchas y me puedo tardar algunos años. Son centenares de entrevistas, un auténtico tiempo de caos. Estás a punto de ahogarte entre miles y miles de páginas. Son muchas. Miles y miles de páginas, centenares de personas... buscas y buscas, piensas y de repente, de repente sucede, sale por sí mismo. De repente, entre todas las palabras, empiezas a divisar una línea. Los patrones más importantes. A menudo hay una docena de cuentos básicos, donde esa idea y esa filosofía que ya se están creando dentro de ti cobran una esfera común. Luego, aparece una idea principal. El sonido del libro, como me gusta llamarlo. Aparece un título y el material se empieza a armar. Pero de todas formas... hasta el último momento, hasta que haya llegado al último punto, sigo trabajando. Porque el tono de una historia a veces exige depurar el de otra historia. Se te pueden ocurrir ciertas cosas. Me acuerdo de algo que olvidé preguntar: entonces regreso a esa persona. En fin, es un trabajo de locos... ¡un trabajo de locos!

Existe un cierto conservadurismo. Existen conceptos como la literatura y sus géneros. Y los tiempos nuevos crean también géneros nuevos. Es como si el conocimiento tuviera problemas para asimilar eso. Entre nosotros, por ejemplo, la poesía en prosa, la posibilidad de escribir poesía sin rima, fue reconocida hace muy poco. Pero la gente sigue preguntando cómo es posible llamarlo poesía, todavía genera cierta resistencia en nuestra cultura. Es totalmente normal. Como si la conciencia humana no lo pudiera procesar, la gente no se preocupa. No le interesan semejantes problemas, la gente actúa llevada por la pura rutina.

Tenemos el ejemplo de un escritor clásico: Iván Shamiakin, que falleció hace poco. Después del éxito de La guerra no tiene rostro de mujer, no lo pudo superar y dijo: “¡Voy a escribir una novela!” Y sí, escribió una novela con todas las letras, pero, obviamente, a nadie le pareció interesante. Lo mismo pasó con Chernóbil. También hubo alguien que dijo: “¿Pero qué es esto? ¡Voy a escribir una novela!” Pero todo desaparece: ya no está esa concentración, esa sensación febril y ese sentir de una filosofía nueva. Es justo eso lo que le da su poder invencible a cualquier género. Mis libros son novelas, pero otro tipo de novelas. Una novela de voces, como les digo.

Además, la gente ya se sintió engañada, engañada por la televisión un sinfín de veces. Engañada también por la literatura. Aquí, la gente fue engañada con todas esas ideas utópicas. Por eso la gente quiere oír sobre acontecimientos y cosas tal y como son en realidad. Quieren saber que no fueron editados, o pulidos, sino que son lo que son. Y el escritor, como es mi caso, tiene que unir todo eso con algún tipo de estructura literaria. O sea, ese es mi principio. Usé ese mismo principio al escribir artículos para Göteborgs-Posten.3 Se trate de acontecimientos políticos o de la vida cotidiana, siempre escribí desde el punto de vista de un individuo. Incluso los pequeños detalles; juntos constituyen la vida humana. En poco tiempo recibí reacciones muy positivas porque es justo eso lo que le interesa a la gente.

Las cosas que se muestran en la televisión muy raras veces se pueden llamar películas, casi siempre son solo un tipo de material. Esos reportajes ni siquiera son reportajes artísticos. Más bien, son sumamente superficiales y en la mayoría de los casos no representan la realidad, porque los hechos no son lo mismo que la realidad. La realidad se tiene que interpretar, se tiene que poder entender. La tenemos que entender. En general, la relación con la realidad es muy complicada. Está la realidad que vemos. Está la que oímos. Y está la realidad que no vemos ni tampoco oímos, más bien, solo la presentimos. Cada persona tiene su propia versión de los hechos. Son muchos los hilos que hay que tejer para crear una unidad. No se trata de poner un aparato, encenderlo y listo, tenemos la realidad... No. Como dicen: “Las mentiras más grandes son aquellas que fueron documentadas.” Exactamente eso: “Pones un aparato y lo enciendes.” No, esa no es la realidad. No es la realidad.

Cada uno toma de mí lo que puede. Y cada uno de nosotros toma de la realidad lo que pueda tomar. Es decir: por encima de lo que escribimos o fotografiamos se encuentra la personalidad. La personalidad es la única antena que tienes, es la que dejaste crecer, son las características innatas que se manifiestan a través de tu talento, o de otra manera. Cuanto más larga la antena, más vasta y llena de contenidos es tu realidad. Y así, se parecerá más a una realidad... No, no es un camino sencillo.

Nuestro poeta ruso Joseph Brodsky dijo algo muy importante. Cuando le preguntaron: “¿Cómo podemos diferenciar la gran literatura de la mediocre?”, contestó: “Por el gusto por la metafísica.” Pero ¿qué es la metafísica? Es cuando una persona puede ver con mayor profundidad. En todo este proceso también está involucrado el mundo, el universo, los enigmas existenciales de la persona. Ha alcanzado otro tipo de entendimiento. Esa es la diferencia. ~

hoeman
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Re: Hilo de entrevistas - Tras Beigbeder, Alexiévich

por hoeman » 28 Mar 2018, 14:51

Martin Parr en El Mundo:

http://www.elmundo.es/papel/cultura/201 ... b4598.html


(Entrevista a cargo de Gonzalo Suárez)

Cita en Barcelona con el renovador de la fotografía social. A sus 65 años, sigue tan activo y provocador como siempre: "La mayoría de mi trabajo es una mierda"

Aquí se autodefine como "orgulloso populista" y desvela el secreto de su obra fotográfica: "Soy un cotilla que disfruta husmeando en las vidas ajenas"

Martin Parr apenas era un quinceañero cuando tomó la primera imagen de su carrera. Almorzaba en un fish and chips cuando una escena atrapó su atención: las mesas desordenadas, las familias aburridas, el olor a fritanga.... Así que sacó su cámara y, clic-clic-clic, ejecutó la foto sin darle muchas vueltas. «Sentí que ese momento era digno de inmortalizarse y me quedé enganchado de inmediato», dice. «Medio siglo después, aún me obsesiona hacer fotos».

-¿Qué sintió entonces?

-La extraña emoción de encontrar algo que me gusta y capturarlo para siempre.

--¿Y qué siente ahora?

-Exactamente lo mismo.

Hoy, Martin Parr, a sus 65 años, rememora aquella estampa en Barcelona. Allí ha viajado para dar una charla en el congreso Photo Forum. Lo que ignoraba es que el público lo compondrá medio millar de fotógrafos de bodas, quizá el segmento más denostado del gremio. Pero él, lejos de irritarse, improvisa una ponencia sobre el género: «¡Adoro la fotografía de bodas!», exclama. «Están llenas de personajes alucinantes y de rituales locos. Cuando puedo me cuelo en bodas ajenas y me pongo a hacer fotos».

P. Es usted muy cotilla. ¿Es la clave en su fotografía?

R. Por supuesto. La fotografía me permite convertir este defecto en una virtud. Es la excusa perfecta para acercarte a la gente y husmear en sus vidas. Por eso me irritan tanto los estudiantes de fotografía de hoy, que sólo retratan a familiares y amigos. Son vagos y tienen miedo al mundo: prefieren quedarse en su burbuja en vez de abordar desconocidos, que son fascinantes.

También eran desconocidos los clientes de aquel fish and chips que retrató en un instante crucial en la historia de la fotografía. Porque Parr no solo es un artista célebre: también es un revolucionario. Frente a la épica de los fotógrafos clásicos, él se centró en el absurdo de la vida cotidiana. Frente a la solemnidad del blanco y negro, él optó por el color más chicloso. Y frente a la belleza academicista, él apostó por el feísmo irónico.

Ahora, ya convertido en uno de los fotógrafos más influyentes -e imitados- de su era, todo esto suena trivial. Pero, en su momento, supuso un desafío a lo establecido. Arreciaron las críticas hacia su frivolidad -llegaron a tacharle de fotógrafo «fascista»-, pero en 1994 logró ser aceptado por la legendaria agencia Magnum, por un solo voto de margen. Y, ya desde dentro, persuadió a sus colegas de la valía de su propuesta: en 2014, fue elegido presidente, cargo que ostentó hasta hace solo unos meses.

P. Le acusan de exagerar la realidad con sus fotos. Y usted replica que son el resto de fotos las que mienten...
R- Vivimos rodeados de fotos falsas. La comida real nunca se parece a la foto del paquete del súper. Pero luego yo muestro las cosas tal y como son y me meto en líos.

P. ¿Entonces?
R. No es justo que aceptemos la realidad que presentan las revistas, con imágenes esas idealizadas que solo buscan vender publicidad. Es todo una gran mentira que asumimos sin cuestionarla.
Usted dice que su misión es hacer la vida diaria más interesante...
Y que dejemos de ser perezosos. No nos damos cuenta de lo interesante que es el interior de un supermercado. Damos por descontada la belleza del día a día. Yo intento capturarla.

P.Se describe como un «populista». Es un palabra complicada en estos tiempos de Trump o el Brexit...
R. Qué se le va a hacer. Mi objetivo es hacer fotos entretenidas, accesibles y un poco surrealistas. Y que el mensaje quede en segundo plano. Soy un populista en ese sentido. Y orgulloso.

Martin Parr heredó su pasión de su abuelo, un fotógrafo amateur y algo obsesivo. En sus visitas a Bradford, en el corazón industrial de Inglaterra, salían juntos a retratar paisajes. Al principio, usaba blanco y negro, como la mayoría de fotógrafos de su época: simplemente, «era lo que se hacía». Pero en 1982, inspirado por la vanguardia estadounidense, cambió de registro: probó el color... y nunca miró atrás.

En esa época emprendió su proyecto más célebre: The Last Resort. En una turbia zona vacacional de New Brighton, cerca de Liverpool, se dedicó a retratar el ocio de la clase obrera. Lo hizo sin filtro: sus personajes eran turistas absurdos que vestían mal y se empachaban de comida basura y cerveza tibia. El escándalo fue inmediato: los clásicos le acusaron de ridiculizar a sus retratados, de hurgar en su indignidad, de frivolizar con la ignorancia ajena. En definitiva, de ser un explotador amarillista.

P. ¿Es así?
R. Hay una gran hipocresía en la fotografía humanitaria. Van a la guerra, a las zonas con hambruna, hacen sus fotos y sus retratados nunca las ven. Su elemento de explotación está clarísimo, igual o mayor que el mío. Pero camuflan su hipocresía bajo el argumento humanista del periodismo activista. Yo lo he visto mucho en Magnum: el subidón que sienten muchos compañeros al viajar a estos lugares desgraciados.

P.¿Son hipócritas?
R.¡Sí! Yo llevo la hipocresía en la sangre, pero ellos también. Es el esnobismo del periodista activista. Nadie cuestiona sus motivos. Pero cuando yo fotografío un turista o un supermercado sí que se me cuestiona.

P.Quizá porque ellos pueden cambiar el mundo con sus fotos, denunciar abusos... Y no puede decirse lo mismo de un primer plano de una hamburguesa...
R.Las nuevas clases medias y el impacto de su estilo de vida sobre el medio ambiente van a hacer más daño incluso que la guerra y el hambre. Tú y yo somos los primeros culpables, con nuestros coches y nuestras vacaciones.

P.¿Cree que la gente pilla este mensaje profundo en sus fotos? ¿O solo se ríen?
R.Por supuesto que muchos no lo pillan. Es solo mi teoría. Cada uno piensa que mis fotos van de algo distinto, pero nunca entienden que en realidad van sobre ellos. Nunca se sienten culpables.

Su siguiente gran trabajo, sobre el turismo, le hizo aún más popular. Allí están algunas de sus fotos más icónicas, como la mujer que se torra en Benidorm o los turistas que posan junto a la Torre de Pisa en una patética coreografía. Parr cogió todos los tópicos, los subvirtió y consiguió que el turismo de masas nunca se viese igual. «Los clichés se convierten en clichés porque son ciertos», dice. «Me encanta empezar con cosas conocidas por todo el mundo y, a partir de ahí, transformarlas».

En Barcelona, por ejemplo, se centró en la Sagrada Familia o el Parque Güell. Así demostró que las fotos convencionales, con su higiénica perfección, son una mentira socialmente aceptada: «Vas allí y está lleno de gente. Es imposible replicar las imágenes que has visto en las postales, porque son falsas».

P- Usted fue pionero en retratar la masificación del turismo, que luego estalló en la turismofobia.
R.Es una paradoja muy propia de nuestro tiempo que los turistas destrocen las mismas cosas que viajan durante horas para contemplar. Entiendo las objeciones de los vecinos, pero a la vez viven de ello. Es un debate fascinante.

P.¿Tienen un enfoque político sus fotos?
R.Siempre lo tienen, pero no me gusta gritarlo a los cuatro vientos. Que cada uno vea lo que quiera. Yo no soy antiturista. De hecho, quizá sea el mayor turista del mundo. Pero soy consciente de que mi presencia tiene consecuencias negativas.

A sus 65 años, Parr aún viaja de forma compulsiva. Publica varios libros al año, da decenas de conferencias, organiza exposiciones de otros autores y acaba de lanzar su propia fundación. «Trabajo todo el rato, me levanto pronto y no paro hasta la noche». ¿Ni siquiera los findes? «Claro que no, qué ordinariez», responde con una mueca horrorizada. «¿Por qué vas a parar de hacer tu hobby si encima te pagan? ¡Es de locos! Además, no siempre tendré tantas energías».

Eso sí, Parr admite que su época más creativa ya ha quedado atrás aunque adelanta sus próximos proyectos: una exposición sobre el Brexit, otra de fotos playeras con teleobjetivo y, por primera vez, una colección de retratos de famosos. «Unos 200: artistas, músicos, ¡hasta Pelé!».

P.¿Le gustaría ser el fotógrafo oficial de Trump?
R.Sería maravilloso, aunque también deprimente. No tendría que exagerar nada. ¡Trump es insuperable!

A su edad, Martin Parr ya no se plantea cambios en un estilo que, paradójicamente, ahora ha sido abducido por las revistas, la moda y la publicidad presuntamente moderna. Tampoco cambiará de temática: «Me interesa la sociedad consumista, ver hacia dónde vamos... No soporto la nostalgia».

Así ha conseguido que en Instagram sean legión los que intentan crear sus propios martinparrs... con mayor o menor fortuna. ¿Qué se siente al convertirse en un género en sí mismo? «Bueno, eso pasa con muchos fotógrafos», replica modesto. «Aunque supongo que es buena señal: será que tengo un estilo reconocible».

P.¿Le gusta Instagram?
R. Es una plataforma que alimenta el interés por la fotografía. Por supuesto que allí hay un montón de mierda, pero también cosas buenas. La mayoría de mi trabajo es un montón de mierda, pero solo enseño lo bueno. Y toda esa mierda es fundamental para llegar a hacer algo bueno.

P-Antes las fotos eran para momentos especiales...
R....Y ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo. La fotografía es la forma de arte más democrática. Eso solo puede ser bueno.

P.Sabrá que hay fotógrafos que opinan lo contrario.
R.Siempre hay gruñones que tienen miedo al cambio.

P.Deme un consejo para hacer mejores fotos.
R.«Acércate más»... Ya lo decía Robert Capa.

Y se carcajea de su propia travesura: citar como referencia al pope del fotoperiodismo más clásico.

Llega el momento de tomar su propio retrato. Paradójicamente, al maestro de la fotografía callejera le incomoda posar. Así que, quizá como estrategia de autodefensa, se pone a debatir con el fotógrafo sobre cómo montar la foto. Sugiere enrollarse en una cortina algo hortera y se pone a hacer muecas: "Lo que sea por ayudar a un colega".

-Solo un disparo más, Martin-, le pide el fotógrafo.

-Siempre pedimos un disparo más... ¡Somos una profesión insufrible!

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Hay_sinla
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Re: Hilo de entrevistas - el fotógrafo Martin Parr

por Hay_sinla » 03 Abr 2018, 16:25

Ya va tomando el camino su arambol.
Somos Gary Cooper y Sara Montiel
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Hay_sinla
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Re: Hilo de entrevistas - el fotógrafo Martin Parr

por Hay_sinla » 06 May 2018, 16:59

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hoeman
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Re: Hilo de entrevistas - el fotógrafo Martin Parr

por hoeman » 20 May 2018, 13:05

Günter Wallraff en Jotdown:

http://www.jotdown.es/2018/05/gunter-wa ... o-decadas/

En la actualidad, ¿hay más o menos precariedad laboral en Alemania que cuando usted hizo sus investigaciones para Cabeza de turco?

La situación es diferente. A veces es mucho más grave que antes. Hay una escisión en la sociedad entre los que poseen, que tienen cada vez más dinero o más fortuna, y una capa social que tiene cada vez menos participación en la sociedad económicamente hablando; una capa donde la pobreza pasa de los padres a los hijos; una tercera parte de la sociedad que, desde el punto de vista estadístico, son cada vez más pobres, mientras que un diez por ciento de la sociedad, por beneficios fiscales o a través de herencias, tienen una riqueza que ya es casi como la ley natural. Un diez por ciento tiene el noventa por ciento de la riqueza total. Y no es mi opinión, lo dijo la ministra de Asuntos Sociales.

Las condiciones laborales de los que trabajan a tiempo parcial son cada vez peores. Se despide cada vez más. La persona cada vez es más un factor económico únicamente. Te encuentras con que en negocios como Amazon el número de empleados que causan baja por enfermedad es extremadamente alto. Cambian la mitad de la plantilla cada año. Y esto no solo pasa en Alemania, es un problema internacional. El que inventó todo este sistema, Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, tiene ideas megalómanas, quiere viajar a Marte, crear un negocio de turismo espacial… Esta es la clase de gente que nos domina, que domina nuestra vida.

¿A qué se debe el actual ascenso de la ultraderecha en Alemania, tiene que ver con esta precariedad laboral?

Durante mucho tiempo lo pensé, pero ahora creo que no es así. Le he dado muchas vueltas. Solo un tercio de los votantes de AfD son de un ámbito precario. Son más bien de las capas medias los que les apoyan. Autónomos, gente con pequeñas empresas… Por eso creo que hay otras razones que impulsan este movimiento. El problema de fondo está en que los otros partidos democráticos han fracasado tratando el tema de la islamización, el islam político. Son partidos a los que yo he apoyado, he votado a los verdes, a los socialdemócratas y a la izquierda.

En nombre del islam se han querido alcanzar parcelas de poder. En las escuelas hay islamización. En las escuelas a las que van inmigrantes hay mucho antisemitismo, posiciones en contra de los derechos de la mujer, homofobia. A los niños que vienen de familias turcas abiertas, se les reprime. Hay incluso violencia contra ellos. Muchos partidos no han tenido en cuenta ese tema. Ahora lo están haciendo poco a poco, pero mientras tanto, la extrema derecha ha creado odio, no intenta solucionar el problema. Quieren crear un enemigo. Trabajan con el resentimiento, el núcleo de este partido son verdaderos nazis. Es un gran problema el que tenemos en Alemania.

Su padre fue emigrante en España, en Hospitalet de Llobregat, entre los años 32 y 36.

Sí, mi padre fue Gastarbeiter en Hospitalet. Conoció a una española, Rosario Burguillo de la Cruz, y fue su gran amor. Los dos se volvieron a Alemania en el 36, pero ella no se adaptó al clima y murió de una enfermedad pulmonar. Mi padre era muy cercano a la cultura española, los españoles se pensaban que era español y a mi padre le gustaba exagerar su españolidad. Me dejó en herencia la entrada de una corrida de toros, se sabía los nombres de los grandes toreros… Era un hombre internacionalista y claramente antifascista. Un ciudadano del mundo. En ese sentido, seguramente he heredado algo de él.

Le marcó de por vida ser ingresado de niño en un orfanato o colegio interno de la posguerra.

Mi padre trabajaba en una fábrica de la Ford, en una sección que llamaban «el infierno de la pintura» por su toxicidad. Las condiciones eran muy duras. Tenía un problema en los riñones, por muchas enfermedades que sufrió a lo largo de su vida, y lo tuvieron que ingresar. Desde ese momento, tuvo que trabajar mi madre y a mí me enviaron al orfanato. Tengo buen recuerdo de las monjas católicas que me cuidaron, eran muy amables. Normalmente se cuentan cosas muy horribles de ellas, pero yo tengo experiencias positivas. Estaban superadas por la situación, estaba todo lleno de huérfanos de la guerra.

Nunca he hecho terapia, pero para mí fue un tanto traumático el día en que entré, me quitaron todas mis cosas y me pusieron un uniforme. Lo último que te quedaba, lo que te unía con tu familia, tu vida fuera, desaparecía. Puede ser que por este motivo me haya dedicado después a hacer lo que he hecho, meterme en otro papel, hacerme pasar por otra persona, para mis investigaciones. Quizá sea uno de los motivos, no el único.

Entró en el servicio militar y acabó en el psiquiátrico.

Soy pacifista por los libros de mi padre y por un profesor de Lengua que tuve que nos pasó literatura crítica y antifascista a los alumnos. En los planes de estudio, lógicamente, no aparecía aquello. Era una especie de crimen hacer lo que hizo este profesor, porque en aquella época había silencio sobre el tema.

Quise ser objetor al servicio militar y aduje que tenía las ideas de Gandhi y Jesús. Yo no creo, pero sí estoy influenciado por el cristianismo, creo que el Nuevo Testamento, al margen de la leyenda, contiene ideas pacifistas revolucionarias. Hice este planteamiento en un ejército que todavía estaba dominado por antiguos nazis, los oficiales eran los de la II Guerra Mundial, y no podías negarte a ir tan fácilmente. No obstante, me alistaron porque entregué mi solicitud demasiado tarde.

Estuve diez meses en el ejército; diez meses en los que intentaron romper mi voluntad. A día de hoy, le tengo que dar muchas gracias al ejército alemán porque sin este periodo traumático hoy sería otra persona, seguro. Hubo gente que fracasó, a la que lograron doblegar, pero yo crecí gracias a esa experiencia. Llevé un diario, gracias al cual crecí mucho como persona, aunque al final me enviaron a un psiquiátrico, como ha dicho. Me dieron un título honorífico, decía: «Personalidad anormal, no apta ni para la guerra ni para la paz» [risas]. Al salir, dejé mi trabajo de librero y me puse a investigar, empecé a hacer lo que hago. Me fui a recorrer los diferentes asilos del país para ver en qué condiciones estaban.

Tengo que reconocer que ahora el ejército alemán está tratando este episodio de mi biografía de forma crítica. En el Museo Militar de Dresde se reflexiona sobre el pasado de la institución y se trata mi caso como algo negativo. Aunque si hubiese vivido en la RDA, con mi forma de ser, con mi valor, seguramente también hubiese terminado en el psiquiátrico, pero no me habrían sacado tan rápidamente. O estaría en prisión.

Dice que había nazis en el ejército. En España el debate sobre la herencia del franquismo está presente en la actualidad. ¿Tenemos algo que aprender de la desnazificación de Alemania?

La desnazificación de Alemania llevó décadas. Mucho tiempo. El tema se superó definitivamente porque los responsables de aquel periodo se murieron. Los nazis dominaban toda la vida social en la RFA. En la justicia, tenías jueces que habían dictado sentencias brutales durante el nazismo y, después de la guerra, eran los que daban las indemnizaciones a las víctimas. Había nazis en la industria. En la cadena de montaje se remangaban, se les veían sus tatuajes de las SS y los compañeros estaban encantados con ellos. Los tenías en el sistema médico, en la policía… A las víctimas ni se las tenía en cuenta ni se quiso tenerlas en cuenta. Se tardó muchos años en poder tratar el nazismo de forma razonable. Eso sí, cuando se hizo, fue de una manera consecuente y razonada. Al fiscal que inició el primer juicio de Auschwitz, Fritz Bauer, le costó muchísimo llevar adelante el proceso. Luego, poco a poco, el tema pasó a los colegios, a los institutos y se puede decir que hoy la desnazificación ha sido un ejemplo.

En cuanto a España, veo el asunto catalán y tengo dudas. Creo que en Europa necesitamos estar juntos. El separatismo no va de la mano con la idea europea. Por otro lado, creo que uno tiene razón cuando pide reflexionar sobre el franquismo y sobre el pasado. Y Rajoy no es la persona que fomente un diálogo o un acuerdo pacífico con vistas al futuro. Ahí veo un problema. Algunos amigos míos fueron a ver a Puigdemont y han intentado mediar en este asunto, ayudar, yo a él no lo conozco personalmente, pero creo que lo que está pasando es una tragedia.

Usted investigó a los antiguos nazis que seguían en posiciones destacadas en la sociedad de la RFA y fue acusado de colaborar con la Stasi.

Fueron intentos de socavar mi trabajo y ponerlo en tela de juicio. Sí que estuve cinco o seis años en archivos de la RDA utilizando su documentación. El primer caso fue sobre una persona con mucha influencia, Ludwig Hahn. Vivía tranquilamente, como una persona honorable, en Hamburgo y había sido un cargo importante de la Gestapo en el Gueto de Varsovia. Tres fiscales le investigaron e inmediatamente se les apartó del caso. Estaba protegido completamente por un general de la OTAN, Johannes Steinhoff.

En la RDA, a un nazi que trabajó para este hombre se le detuvo, se le juzgó y condenó a muerte. Quise conocerle, por eso viajé a la RDA. Estuve en una oficina de prensa donde parece que estaba toda la Stasi metida, no me dejaron verle y únicamente pude hablar con el fiscal y ver la documentación con fotos de ellos en el Gueto de Varsovia.

En la RFA, me hice pasar por representante de una organización que protegía a antiguos miembros de las SS, la HIAG. Me presenté en casa de Hahn y le advertí de que estaba en peligro, que le iban a arrestar, y él me dijo que no, que estaba totalmente seguro, que no corría ningún riesgo. Toda esta investigación se la entregué a Wiesenthal. A Hahn le tuvieron que juzgar y sentenciarle a cadena perpetua.

No habría ido a la RDA si en aquel momento hubiésemos tenido en la RFA un lugar con documentación para personas con un pasado nazi, pero no lo había. En Berlín Este, Moscú y Varsovia, sí. Hubo tres investigaciones para las que utilicé los archivos de la RDA: esta, una sobre armamento químico y otra sobre nazis juzgados que poco después fueron puestos en libertad. Y años más tarde se quiso desacreditar todo mi trabajo con esta acusación.

Estuve en la RDA varias veces entre el 69 y el 71 y un agente de la Stasi escribió algo sobre mí en sus documentos, ese es el origen. Pero a los que intentaron injuriarme tachándome de colaborador de la Stasi los llevé a juicio y lo gané. No se me puede decir que cooperé con esos servicios secretos. De hecho, en los archivos de la Stasi hay documentación sobre mí. Cinco o seis páginas. Dicen de mí que soy «adepto de la ciencia social católica al que no se le puede convencer de las ideas marxistas-leninistas», en otra parte, siguen, «tiene ideas anarquistas y confusas», y al final del documento se quejan de que también trabajaba con presos políticos de la RDA que habían huido al oeste. La Stasi concluía que yo debía trabajar para algún servicio secreto occidental.

De la RDA y el resto de democracias populares o dictaduras comunistas dijo que se habían aprovechado de «una izquierda tuerta», ya que ustedes, la izquierda de aquella época, lo que criticaba en las dictaduras de derechas no lo quería ver en las de izquierda.

Si vemos las cosas de forma retroactiva, siempre somos más listos. Entonces había un pensamiento de bandos. Yo formaba parte de una izquierda no dogmática, nunca he militado en ningún partido. También he dicho que los consejos comunistas en las empresas son los que mejor luchan por los derechos del trabajador, pero siempre les insistí a los trabajadores en que no podían depender del Partido Socialista de Alemania del Este.

Durante mucho tiempo hablamos de la violación de derechos humanos en los Estados socialistas. Conocíamos casos, no todos, pero sí algunos. Después ya se supo todo. Pero, es cierto, en nuestras publicaciones hablamos poco de ello. O demasiado poco. ¿Por qué? Pues porque los que dominaban los medios oficiales, todos los de la editorial Springer, eran los que justificaban el golpe en Chile, el régimen militar de Argentina, el apartheid en Sudáfrica… Nuestra perspectiva igual fue equivocada, pero pensábamos que si hablábamos mal de la RDA solo iba en beneficio de la derecha. Durante mucho tiempo tuvimos la idea vaga de que se podía llegar a un socialismo más humano. Esa fue la idea también de mi amigo, el disidente de la RDA Wolf Biermann.

Dentro de ese esquema de bandos, me invitaron a un congreso de escritores en la URSS en 1973. Pero yo, ahí, denuncié que se encerraba en psiquiátricos a los disidentes soviéticos. Ya no me invitaron nunca más [risas]. Para mí fue un alivio. Me convirtieron en enemigo en la RDA, durante mucho tiempo no sacaron libros míos allí.

Hasta Gorbachov, que para mí es uno de los filósofos de Estado más importante en estos tiempos, no se rompió ese dualismo de dos bandos. Se generó un pensamiento más abierto, más libre. Podías ser de izquierda, pero estar de acuerdo en algún aspecto con alguien de derechas. Ahí se rompió esa forma de pensar y fue una liberación. Hasta hoy en día.

¿Por qué eligió la dictadura de Grecia para plantarse allí y protestar por los presos políticos? Una protesta que, por cierto, le hizo convertirse en preso político.

Tenía amistad con trabajadores griegos, ya había hecho un reportaje sobre ellos. Se les vigilaba a través de nuestro servicio secreto, que estaba dominado por la derecha todavía en ese momento. Había un comité de solidaridad con Grecia que trabajaba con casos de presos políticos desaparecidos, no se sabía si seguían vivos o no. Viajé allí para conocer la situación de los presos y, evidentemente, me bloquearon, no hubo ninguna respuesta. Y tomé la decisión de meterme yo mismo en el papel de un preso político. ¡El papel más fácil de todas las investigaciones que he hecho! Hice testamento antes, porque nunca sabes, a algunos los mataron mientras protestaban. Me disfracé de griego, protesté, me detuvieron, me torturaron arrancándome la uña del dedo gordo y tuve que hablar. Pero durante un tiempo fui un preso político normal. Estuve en aislamiento y un tribunal militar me condenó a catorce meses. Ahora quiero hacer lo mismo en Turquía, estoy pensando cómo.

Hemos hablado de nazis, de la Stasi, de la URSS, de los coroneles griegos, pero la investigación por la que sufrió peores represalias fue la que hizo sobre el diario Bild.

Bild y la editorial Springer en aquella época dominaban la sociedad. Influían en el pensamiento de la gran mayoría de la gente. Creaban continuamente enemigos para la sociedad. Con formar parte de la izquierda ya lo eras. A cualquier político socialdemócrata un poco crítico ya lo machacaban. Sobre Bild también habló Heinrich Böll en El honor perdido de Katharina Blum. Yo les dediqué tres libros y conocí no a una, sino a varias personas que estuvieron en la misma situación que Katharina Blum y terminaron suicidándose. Gente que no pudo soportar perder la dignidad tras campañas mediáticas.

Recuerdo el caso de una mujer que se había suicidado. Los del Bild se colaron en su casa haciéndose pasar por policías, tomaron fotografías y escribieron que lo había hecho por miedo a hacer limpieza en casa antes de la llegada de la primavera. A su marido los vecinos lo ridiculizaron, sus familiares también. Ese hombre, el viudo, se suicidó inhalando los gases del tubo de escape de su coche. Escribió una carta en la que dijo sentirse como la propia Katharina Blum, que no podía superar esa humillación. Puso que en un principio quería matar al periodista de Bild, pero que no les iba a dejar a sus hijos un padre asesino. La gente con sentido del honor, o con sentido común, nunca debería comprar ese periódico.

En mis libros escribí sobre sus mentiras diarias. Las falsificaciones que hacían constantemente de toda la información. Estuvo bien, porque surgió una campaña llamada «Ya no leemos Bild», donde firmaron muchos políticos, sindicalistas y gente importante y perdieron un millón de lectores. Entonces se cebaron contra mí. Intentaron comprometer mi vida privada. Me pincharon el teléfono. Me hacían seguimientos. Pero gracias a ellos supe dónde nací, en qué hospital, que ya no existía. Lo investigaron y lo sacaron [risas].

Intentaron por medios legales impedir la publicación del libro. Pensaban que iba a ir al juzgado a rendirme, pero pagué doscientos cincuenta mil euros en abogados y di batalla. Entonces le ofrecieron a mi editorial que no publicara el libro y corrían ellos con los gastos legales que habían ocasionado. Seguí hasta la última instancia, el Tribunal Supremo de Alemania, y me dieron la razón. Esa sentencia se llama Wallraff en el derecho alemán. Dice que, si hay injusticias muy graves, las informaciones que se consiguen a través de disfraces o infiltraciones pueden publicarse. Porque prevalece el derecho del público a la información. Esto ha avalado a otros compañeros que trabajan de esta forma.

De todos modos, usted nunca ha publicado nada de la vida privada de ninguno de sus investigados por muy criminales que fuesen.

Es el ámbito privado de las personas. Me enteré una vez de cosas importantes de unos enemigos que tuve en un juicio con las que les podía haber dado un buen golpe, pero no lo hice. Creo que esa información no le interesa a nadie.

¿Logró impedir un golpe de Estado en Portugal?

Fue casualidad. Hice una visita solidaria a una cooperativa que trabajaba sus propias tierras. Todo dentro de una revolución pacífica, algo que me interesaba ideológicamente. El cantante Zeca Afonso, con el que luego fuimos muy amigos, era su símbolo, su canción desencadenó la Revolución de los Claveles. La rosa en el fusil era un símbolo que me resultaba muy cercano, cuando hice la mili, por las noches, colocaba una flor en cada fusil de mis compañeros. Este fue uno de los motivos por los que me enviaron al psiquiátrico.

En cuanto vi lo de Portugal quise colaborar. Reuní fondos para comprar tractores y fui allí a compartir la vida con ellos escribiendo mis crónicas. Iba con una compañera, Helga, que hablaba también portugués. De casualidad, por curiosidad más que nada, se me ocurrió adentrarme en el ambiente de la extrema derecha local. Fuimos a uno de sus locales, estuvimos y nos habríamos marchado sin ningún resultado de no ser porque un chico joven llevaba un pastor alemán. No me gustan mucho los perros, prefiero los gatos porque las personas educan a los perros, pero los gatos educan a las personas. Sin embargo, Helga empezó a acariciar al perro, se puso a hablar con el chico, que preguntó qué hacíamos ahí y aproveché para decirle: «Pues no somos turistas, hemos venido a ver si aquí hay valientes, gente que meta caña y haga algo en contra de lo que está pasando».

Nos fuimos metiendo poco a poco, conocimos a cada vez más personas, pasamos a escondites que tenían en la montaña y nos terminaron preguntando: «¿Quién está detrás de vosotros?». Contestamos: «Una organización que quiere ayudaros». Dije: «En nuestro caso, solo hay un político que apoya esto». No dije el nombre de Strauss, que era un político alemán que tenía contactos con fascistas de todo el mundo, pero se sobreentendió. Y resulta que Strauss tenía contactos con el general Spínola. Me preguntaron por el libro El expediente Odessa, de Frederick Forsyth, sobre un periodista que se infiltra en una organización de extrema derecha. El argumento era exactamente lo que yo estaba haciendo en ese momento. No lo conocía, eso me salvó, y me recomendaron que lo leyera, que merecía la pena.

Llegamos bastante lejos. Nos fuimos a casa y me puse a escribir. Entonces, recibí una llamada, decía que el jefe de la organización nos quería ver. Era un tal Walter, el nombre secreto de Spínola. Nos anunciaron que su líder iba a ir a Düsseldorf a hablar con nuestro jefe. Allí nos lo encontramos, iba con gafas de sol. En el hotel nos reunimos, cuando se quitó las gafas y se puso el monóculo descubrí quién era y no me lo creía.

Llamé a un buen amigo, que era diputado socialdemócrata y sabía pilotar aviones militares, para que se viniera. Tuvo miedo y se escapó [risas]. Dijo que tenía una reunión y no se atrevió a venir. Al final encontré a un amigo dispuesto, que cogió un maletín y se acercó sin saber qué iba a pasar. Cuando conversó con Spínola sobre las organizaciones que había en Portugal no sabía de lo que le estaba hablando, le tuvimos que disculpar diciendo que estaba centrado en Sudáfrica.

Les preguntamos qué acciones habían hecho hasta la fecha. Unos días después, nos mandaron una lista de todos los atentados que habían realizado. Y añadieron una lista de las armas que tenían. Todo esto lo publiqué en una rueda de prensa. Le pasé la documentación al Parlamento suizo, donde vivía el general, y a raíz de esto fue expulsado y huyó a Brasil. Se habló mucho del libro que hice en Portugal, pero se debió todo a la casualidad del perro. No tenía un plan. Es algo que pasa mucho en mi trabajo, que me meto en una historia, pero no sé cómo va a acabar.

Una curiosidad personal, cuando escribió Cabeza de turco, donde su personaje se llama Alí, ¿pensó en la película de Fassbinder Todos nos llamamos Alí que iba sobre la misma temática, sobre los inmigrantes en Alemania?

No directamente. Quizá el comportamiento que tuve como Alí sí que tuvo que ver. Pero siendo Alí fui también yo mismo. Para mí era más fácil comportarme de forma ingenua siendo él que como profesional del periodismo en una tribuna dando un discurso. De hecho, este libro enganchó mucho a los niños. Lo leían muchos chavales de quince o dieciséis años. Hace poco me llegó una carta de un turco, de una familia de inmigrantes, y me dijo que Cabeza de turco fue el primer libro que leyó en toda su vida y que le cambió para siempre, también había sido víctima del racismo y tomó la figura de ese personaje como ejemplo. Y lo trágico es que me escribió una carta llena de reproches, que estaba completamente decepcionado porque estoy trabajando a favor de disidentes políticos en Turquía, creía que Erdogan es el salvador del país. Muchos turcos, que pensaban que era uno de ellos, ahora me ven como el enemigo. Por eso me estoy concentrando tanto en Turquía.

¿Qué impacto tuvo Cabeza de turco? Había casos que superaban lo imaginable, como inmigrantes forzados a limpiar plantas nucleares sin protección.

Las medidas tardaron mucho en llegar, pero se logró mucho con este libro. Luego he publicado una edición nueva con todas las consecuencias que tuvo la obra. Cabeza de turco tuvo mucha acogida, hasta hoy en día mucha gente habla de que gracias a él sintieron solidaridad por los inmigrantes. Los trabajadores de la cuenca del Ruhr hacían colas para comprarlo.

Políticamente, el antiguo ministro de Trabajo y Asuntos Sociales de Renania del Norte-Westfalia creó una comisión de investigación y una unidad de inspección que se llamó «Grupo Alí» y fueron a todas las empresas una por una. La fundición Thyssen tuvo que reaccionar y contratar ingenieros de seguridad, unos doce, que le debieron su puesto de trabajo a mi libro. Tuvieron que pagar indemnizaciones millonarias y de repente todo el mundo se puso a trabajar con mascarillas y cascos, cosa que no hacía antes nadie y era de donde sacaban dinero los que traficaban con la mano de obra. Los que estaban trabajando ilegales lograron contratos de trabajo. Con las ganancias del libro cree una fundación para la convivencia para proporcionar casas a gente que estaba en infraviviendas.

En McDonald’s, donde viví situaciones de racismo cuando estuve infiltrado como Alí, pero también situaciones de falta de higiene, porque se limpiaban los baños con la misma bayeta con la que luego se limpiaban las mesas, porque se desatascaba la taza del váter con utensilios de cocina, tuvieron que hacer muchos cambios. Ahora hay higiene. Eso sí, en las condiciones laborales han tardado décadas en dar el cambio. Estuve en muchas obras donde también se tomaron medidas. Y pasé por muchos juicios que fui ganando.

El libro se tradujo a treinta y ocho lenguas, pero no se publicó en Estados Unidos. Había una opción para que lo cogiera una editorial importante, pero como estaba en juicios no quisieron sacarlo. Luego me dijeron que como ellos no tenían turcos, no iba a interesar [risas].

Vogel, el hombre que llevaba la empresa de trabajo temporal que investigó en el libro, le denunció, pero luego no veo que fueran a juicio. ¿Qué pasó?

Voy a contar una historia que no he contado nunca. En Renania-Palatinado, a este empresario se le acusó de trato inhumano y lesiones, pero los bávaros, que todavía estaban bajo el mando de Franz Josef Strauss, le invitaron a su Land como si fuera una persona honorable. Le dijeron que era él quien tenía que demandar a Wallraff, le convencieron de que él era la víctima. La justicia bávara me demandó a través de Vogel. El documental con todo el material que había recogido en mi investigación se iba a estrenar en la televisión pública y lo canceló la justicia. Hubo una redada en mi casa para confiscar las cintas de la película y me pusieron una multa de cincuenta mil marcos.

Si esto hubiese seguido adelante, no habría podido seguir con mi trabajo nunca más. Vogel siempre decía: «Si yo pudiera hablar, como saque la información que tengo». Le tomé la palabra y le envié a un supuesto editor para ver qué tenía, pero no sabía nada importante. Solo quería dinero. Pidió treinta mil marcos. Este hombre le contestó: «Publicaremos sus revelaciones, pero trabajamos con autores como Günter Grass además de Wallraff, no queremos que los autores tengan litigios entre ellos, si usted recibe el dinero, tendrá que firmar que anulará el juicio contra Wallraff». Aceptó, yo pagué ese dinero y el juicio se acabó. La justicia bávara estaba furiosísima, hasta quisieron cambiar la ley para que esto no volviera a ocurrir.

Tuve unos cuantos juicios, de todos modos. Con las constructoras, con McDonald’s… Thyssen, por ejemplo, contrató a un directivo nuevo, que se puso en contacto conmigo y cambiaron las condiciones de los trabajadores.

Leo una noticia de 1987, dos colaboradores suyos turcos en esta investigación, Levent Sinirlioglu y Taner Aday, se quejaron de que les había pagado menos que a los demás porque eran turcos.

Uno de ellos ya pidió disculpas. Yo tuve dos pasaportes, una persona me dejó sus papeles. Mientras tanto, él no podía trabajar, al no tener documentación. Era taxista. Yo le pagaba todo lo que estaba perdiendo. Entonces, cuando el libro tuvo éxito, me pidió más. Y le di más. Y luego me quiso juntar con sus amigos. Vinieron unos de un oscuro grupo de París y me decían que como él me había dado los papeles, tenía que darle más dinero a su organización y aparecer en eventos para ellos. Yo no sabía qué era eso y luego descubrí que eran una escisión de un grupo terrorista, estaban metidos en atentados. De ahí salieron esas declaraciones. Fue realmente un golpe duro.

¿Tuvo algún contacto con el grupo terrorista anticapitalista que surgió en Alemania en aquellos años, la RAF (Fracción del Ejército Rojo) o la Baader-Meinhof?

En la izquierda nunca me he ubicado dentro de ningún partido y soy pacifista, por convicción. Conocí muy bien a la señora Meinhof porque participé en la revista Konkret, ella publicaba ahí buenos artículos, era una persona muy comprometida. En esta época hice un documental acerca de los niños de las casas de acogida y ella, al mismo tiempo, grabó una película sobre el mismo tema. Después hicieron una acción para sacar de la cárcel a Baader, una tontería, porque habría salido al cabo de medio año, dispararon a gente, lo que fue el inicio de la RAF, y publicaron un manifiesto para justificarse. No me pude creer que eso lo había escrito Ulrike Meinhof. Eran frases de índole fascista, decían que los policías eran hijos de **** a los que había que matar. Había una forma elitista de glorificar la violencia.

Le escribí una carta abierta a Meinhof en un periódico en la que le dije que no la reconocía. Como consecuencia de esa carta, ciertos círculos de la izquierda se enfrentaron a mí. Un año después le hice llegar otra carta personal y le pedí que volviese a la vida normal, que si no podía escribir con su nombre podía hacerlo con el mío, pero no volví a saber nada más de ella.

Hay que tener mucho cuidado de que la RAF no se convierta en algo heroico como fue Robin Hood, porque no lo fueron. Es verdad que hubo una caza sin piedad sobre ellos, cuando se les podía haber ganado para la sociedad de otra forma, pero hubo un momento en el que ya no hubo marcha atrás. No obstante, pese a estos planteamientos que tengo, la derecha siempre me acusó de ser simpatizante de la RAF [risas].

¿Se suicidaron o les suicidaron?

Es un mito que los mataran. Conocí a la hermana de Gudrun Ensslin, que hablaba muchas veces conmigo para darle más fuerza a ese mito. Y yo al principio también tenía mis dudas, aunque solo fuera por razones profesionales. Investigué y al final la misma hermana de Ensslin me reconoció que habían sido suicidios escenificados donde uno quería dar la impresión de que le habían asesinado.

Baader era un personaje que tenía mucha energía criminal, dijo que había que hacer huelga de hambre hasta morir. Y Holger Meins murió por esa huelga, sin embargo, luego se supo que a Baader le llevaba comida a escondidas su abogado. Ahora, cuanto más tiempo pasa, se corre más el riesgo de que se le glorifique, pero no se debería hacer un héroe de él porque no lo era.

Sus investigaciones posteriores fueron sobre el trabajo en un call center, empresas de mensajería, en Lidl… ¿Cuál ha sido de todas ellas la que más le ha impresionado?

La mensajería es una situación pésima y extrema, pero en los call center, donde con tácticas de marketing se intenta vender por teléfono lo que sea a jubilados, lo que les enseñan a los empleados, lo que se aprende, es directamente a estafar.

Estuve infiltrado en uno y el jefe era un turco, uno de los mejores estafadores. Cuando saqué el reportaje vino a decirme que había leído Cabeza de turco y que si llega a saber que era yo me hubiera contado más cosas. Llegamos a ser amigos. Pero luego me vino y me dijo que a su hermano le estaban amenazando de muerte en Turquía, que le habían dado una paliza y enviado al hospital, que si no le enviaba tres mil euros lo iban a matar. Me lo dijo de una forma tan convincente que le presté el dinero y… adiós. Luego me lo encontré, se arrepintió y me hizo una transferencia de cien euros, pero nada más.

Ahora he seguido con este tema. Sale en unos meses un reportaje nuevo de mi equipo. Hay casos de matrimonios que lo pierden todo y están a punto de suicidarse. Es muy popular la venta de certificados de propiedad de oro, que no valen nada. Gastan todo lo que han ahorrado durante toda su vida en eso. Y encima, los mismos que han hecho la estafa, llaman a los estafados haciéndose pasar por una agencia que protege sus derechos para que reclamen y otra vez pagan y otra vez son estafados por los mismos.

Ha luchado para que sus libros no se vendan en Amazon por el trato que da a los trabajadores.

Es complicado. Investigué sobre Amazon y descubrí que es una especie de secta, hay un control total del trabajador, se le controla cada minuto a través de escáner y de cámaras. Si alguien para de trabajar cinco minutos, si se sienta un momento, le llaman inmediatamente. Si hablas con tus compañeros, amonestación. Además, los trabajadores son por temporada. Después de Navidad, cuando baja el negocio, se les cita y se les despide. Hubo un caso de unos que pensaban que iban a seguir trabajando, fueron con los zapatos reglamentarios, al despedirlos tuvieron que devolverlos y les hicieron volverse a casa descalzos en invierno. El inventor de todo esto es el hombre más rico del mundo. Su idea de que la humanidad escape a Marte dejando la Tierra como un basurero inhabitable es de ser un gilipollas megalómano. Por cierto, la editorial Springer le dio hace poco un premio muy importante.

Yo le dije a mi editor que no quería que mis libros se distribuyeran a través de esta empresa porque me hacía sentir culpable. Hubo problemas porque mi editorial dijo que el 18 o el 20% de sus libros pasaban a través de Amazon. Dije que yo renunciaba a ese dinero, pero mi editorial forma parte del consorcio Holtzbrinck y el responsable en Estados Unidos tenía la última palabra. Conseguí que mi editorial no pasara sus libros a Amazon, pero como pueden vender de todo, me he encontrado con que compran mis libros a través de los grandes intermediarios y los tienen. Al menos he logrado que les saquen menos margen de beneficio.

Además, Amazon a las editoriales les pide que manden los libros a Polonia porque allí los gastos son menores, les hace perder dinero dar esa vuelta logística, pero Amazon gana porque las condiciones laborales son peores y hay menos gastos de correo.

También deciden qué libros figuran en las listas de los más vendidos y siempre colocan, casualmente, los que ellos editan. Sus escritores cobran por un algoritmo de lectura, por páginas leídas, lo que les fuerza a escribir material menos denso y lo más popular posible para garantizarse ser leídos. Los autores con peso no aceptan trabajar así, pero por ahora.

En una de sus últimas investigaciones atravesó Alemania caracterizado como un negro. Hubo incidentes que parecían propios de Alabama en los años treinta, no de la UE en el siglo XXI.

Nunca he tenido una sensación tan amistosa con un policía como cuando ocurrió el incidente. Iba en un tren donde viajaban trescientos hooligans. Si no hubiera habido una policía joven que se puso delante de mí y sacó su pistola, no creo que hubiese sobrevivido. Era una agente muy joven y se lo tomó muy en serio. Eran del Dinamo de Dresde. Lo denuncié y tardaron un año en encontrar a los responsables. En una de las reuniones, el presidente del club me dijo: «Como negro, uno sabe que no debe meterse en un tren así». Yo no había hecho nada, solo recoger cascos de botella vacíos. Lo que me duele es que hay periodistas, que están por encima de todo, que me reprochan que ese tipo de reportajes no se pueden hacer. No puedes vestirte como si eres negro a ver si te pegan.

Para caracterizarme estuve a punto de tomar un medicamento que te cambia los pigmentos, pero vi a uno en Estados Unidos que lo usó y luego tuvo cáncer. Por eso no lo hice. Me eché una especie de spray con el que te puedes ir a la piscina y bañarte, que no se te quita. Los que me criticaban decían que debería haber ido con un negro real, pero eso es imposible, una locura, no puedo tomar la responsabilidad por otro y que peligre su integridad. Igual que cuando me he hecho pasar por un sintecho, no puedo poner a gente a dormir en la calle a -15º, eso tengo que hacerlo yo mismo. Trabajo con asesores que han dormido en la calle, pero no los llevé conmigo a pasar lo que pasé, que nos encerraron en un búnker y hubo violencia, no puedo meter a otro en esas situaciones. Sin embargo, ayudé a este hombre a cambio de su información, vivió en mi casa, le ayudé a escribir una autobiografía y el libro se convirtió en best seller. Mantengo el contacto con todos con los que hago investigaciones. Sin embargo, los que critican lo que hago ni hacen nada ni se mueven de sus despachos.

Ahora que menciona que cuando interpretaba a este negro iba cogiendo cascos vacíos, si algo me sorprendió de Alemania en mis últimas visitas, fue ver a tantos ancianos alemanes recogiendo botellas vacías de la basura por las noches.

Cada vez más. Cada vez hay más. La sociedad día tras día es más desigual y la pobreza en edades elevadas funciona como algo programado. Cada vez más ancianos de ahora han pasado por empleos precarios antes y no tienen pensión. En el sur de Europa, sin embargo, las familias ayudan y no se dan tanto estas circunstancias, esto en Alemania es complicado. Los asilos de ancianos son lugares también muy precarios, con poco personal y mal pagado. Cada semana me llegan cartas tanto de familiares de ancianos como de personal de los cuidados que me dicen que no dan abasto y que el sistema no funciona.

Trabaja mucho últimamente, vi que se refería a ello con una metáfora, hablaba de cómo florecen los árboles que están a punto de morir, fenómeno llamado «el florecer de la angustia».

¡Era más joven cuando dije eso! En botánica, los árboles que mueren florecen mucho. Y yo me sentía un poco así. Pesaba que moriría pronto y que tenía que trabajar, que el descanso eterno no tardaría en llegar. Pero hace cinco años me sentía más cerca de la muerte que ahora, en la actualidad me doy todavía dos años. Y si los vivo, es un regalo. Esto me hace vivir de forma más consciente y sin miedo a la muerte, que siempre ha sido un buen compañero, ¡el más fiable!

hoeman
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Re: Hilo de entrevistas - el periodista Günter Wallraff

por hoeman » 13 Jun 2018, 00:28

Jeffrey Eugenides en El País:

https://elpais.com/cultura/2018/06/11/a ... 50662.html

(Entrevista de Álex Vicente)

P. Casi todos sus personajes se enfrentan a las mismas dificultades. ¿Podemos verlos como un mismo individuo con diferentes máscaras?

R. Estaría de acuerdo, en parte. En especial, los personajes masculinos, variaciones de un mismo tipo de persona: un hombre blanco, estudioso y culto, no muy distinto de mí mismo. En los cuentos de Alice Munro sucede algo parecido: en un relato, la protagonista es una librera adúltera, que se transforma en la encargada de una tienda de ropa en la siguiente historia, pero la fuente suele ser la misma. Cuando entregué el manuscrito a mi editor, me dijo que lo había leído como si fuera una novela, porque los distintos cuentos recorren un arco temporal que abarca toda una vida.

P. Los personajes de sus ficciones largas son más novelescos y románticos. En cambio, los de sus cuentos parecen personas corrientes. ¿Por qué?

R. Siempre concibo mis personajes como personas corrientes, aunque en mis novelas parezcan más épicos y dramáticos, tal vez por una cuestión de espacio. Muchos de estos cuentos fueron escritos en tiempos de una gran ansiedad económica. Por eso los personajes se enfrentan a asuntos prosaicos: tienen problemas financieros, no saben qué hacer con sus vidas, les cuesta encontrar trabajo…

P. No debe de ser su experiencia, habiendo crecido en una familia adinerada de Michigan…

R. En realidad, mis padres nacieron pobres. Mi madre, hija de una mujer soltera, creció en una miseria abyecta. Y mi padre era hijo de inmigrantes griegos, también bastante pobres, aunque después se metió en los negocios y ganó mucho dinero. Cuando yo llegué al mundo, se habían convertido en una familia pudiente de Detroit. Pero luego él perdió su fortuna y terminó muriendo en la ruina… En los primeros 30 años de mi vida, vi el sueño americano alcanzado y luego echado a perder. Si me fascina el dinero es porque conozco la importancia que tiene en mi país, pero también su evanescencia.

P. ¿Es este su libro más crítico respecto a su cultura?

R. No fue mi intención, pero es posible. Muchos de los cuentos fueron escritos durante la presidencia de George W. Bush, esos años dorados… [sonríe con sorna]. Pero creo que todos mis libros han dado cuenta de la realidad política de su tiempo. Nací en una ciudad que simboliza el declive estadounidense y crecí convencido sobre su existencia. En los noventa llegó Bill Clinton y todo el mundo empezó a creer que ese declive se había detenido. Se hablaba incluso de hiperpoder. Recuerdo haberme preguntando si hacía bien en tener ese sentimiento elegiaco. Ahora sé que no me equivocaba…

P. En algunos cuentos hay una correlación entre la desilusión vital de sus personajes y la decepción que les inspira su nación. ¿La comparte?

R. Uno de los relatos, Magno experimento, surgió al releer a De Tocqueville. Me pregunté qué había cambiado desde su tiempo, qué iba mejor y peor. Lo que va peor es que la disparidad de la riqueza nunca había sido tan grande como ahora. En cambio, en aquel tiempo se creía que, para que la democracia funcionase, todo el mundo debía tener más o menos el mismo dinero, que entonces no era demasiado…

P. ¿Y qué es lo que va mejor?

R. El progreso en la igualdad racial es esperanzador. Sé que es un motivo de discusión y revaluación constante, pero al tener 58 años sé lo mucho que ha cambiado desde mi infancia.

P. ¿Diría que la de Trump es la peor presidencia de la historia?

R. Es la peor que yo haya visto, pero no creo que sea la peor de la historia, porque existen cosas terribles en nuestro pasado. En cierta manera, lo que vivimos hoy se parece a lo que sucedió con Nixon, aunque ahora no tengamos la fuerza motriz de la guerra de Vietnam para unificar todas las luchas. Los objetivos son más borrosos que entonces. Pero diría que, si el movimiento sigue adelante y conquista un poder duradero, se terminará pareciendo bastante a lo que sucedió en los sesenta…

P. La vulva oracular es la génesis de su novela Middlesex, protagonizada por un personaje hermafrodita, por la que ganó el Pulitzer en 2003. Las cuestiones relativas al género han cobrado, desde entonces, una visibilidad inimaginable.

R. Cuando fue publicada tenía que explicar a la gente lo que era la identidad sexual, porque no lo sabían. La idea de contar con un narrador intersexual causaba rechazo. Había gente que lo encontraba asqueroso... Tuve muy buenas críticas, pero no fue un éxito en absoluto. Hoy se entiende mejor que cada persona se sitúa en un punto distinto de un espectro de género que va del hombre a la mujer. Toda mi novela estaba pensada como un argumento contra el determinismo genético y a favor del libre albedrío.

P. En el relato que da título al libro introduce los mensajes de texto como parte de la trama. ¿Reproducir las nuevas formas de comunicación es una asignatura pendiente para la literatura actual?

R. Tal vez, aunque a veces exageremos un poco… No recuerdo ningún periodo en que la literatura haya tenido una relación íntima con la tecnología. Cuando se inventó la radio, la gran mayoría de escritores no se pusieron a escribir sobre el asunto y no pasó nada. Es gracioso ver las sitcoms de los 90 como Seinfeld: todos acuden al apartamento de Jerry a decirle algo. Eso hoy ya no sucedería: se limitarían a mandarle un mensaje. Y, si fuera así, no habría interacción ni conflicto. Con la literatura tiene solución, pero solo si aceptamos un cierto grado de artificialidad que nos permita que los personajes se sigan encontrando para que la acción siga teniendo lugar.

P. ¿Cree que la pantalla ganará la guerra contra la palabra escrita?

R. Acabo de leer un ensayo de Marilynne Robinson donde sostiene lo contrario: que Internet, pese a todos sus problemas, nos ha recordado que seguimos necesitando el pensamiento complejo. En la red hay cientos de espacios para una escritura extensa y coherente. La pantalla no ha hecho más que revelar una propensión a leer, a escribir y a pensar que sigue estando viva en nuestros cerebros. Somos animales que leen y que piensan. Y seguiremos desarrollando esas actividades, aunque sea de nuevas maneras…

P. ¿Está trabajando en una nueva novela?

R. Sí. Será una novela breve sobre dos adolescentes que se encuentran en un tren en 1978: un actor y un universitario muy confundido sobre su identidad y su sexualidad…

P. Regresa, entonces, a sus obsesiones: la adolescencia y la configuración de la identidad de género. ¿Apoya la tesis de una crisis de la masculinidad?

R. Supongo que sí, es lo que he vivido. Se remonta a mis años de juventud, la época del glam, de David Bowie y Lou Reed, cuando nos preguntamos qué significaba ser un hombre. Fue algo que me afectó y que desembocó en Middlesex, que hablaba sobre qué significa ser hombre o mujer y hasta qué punto está determinado por la biología y por la cultura. Crecí en un tiempo en que los hombres intentaban ser más emocionales. En cambio, los jóvenes de hoy crecen oyendo hablar de una “masculinidad tóxica”. Sé a qué se refieren, a Harvey Weinstein y todo eso, pero debe de ser extraño crecer con tantos mensajes negativos sobre lo que significa ser varón.

P. ¿Preferiría que la actual crítica de la masculinidad fuera más constructiva?

R. Nada de lo que digo se opone a lo que está sucediendo ni al #MeToo. Pero, ya que hablamos de la adolescencia, me pregunto qué efecto debe de tener en un chico de 15 o 16 años. El mensaje tiene que ser sobre comportamientos y actitudes que deben desaparecer, no sobre el hecho de que los hombres son inherentemente tóxicos. No creo que eso sea de ayuda para nadie.

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Re: Hilo de entrevistas - el ilustrador Jean-Jacques Sempé

por hoeman » 19 Jun 2018, 15:33

Jean-Jacques Sempé en El País:

https://elpais.com/cultura/2016/05/12/b ... 46068.html

(Entrevista a cargo de Álex Vicente)

PREGUNTA. Su biografía empieza con una recompensa: ganó un premio al bebé más guapo de Burdeos, su ciudad natal.

RESPUESTA. Vaya a saber qué quería decir eso en aquella época. Debía ser el bebé más gordo, porque entonces un bebé tenía que rebosar por todas partes…

P. ¿A qué se dedicaban sus padres?

R. Tuvieron vidas difíciles. Hicieron lo que pudieron. Mi padre adoptivo, Monsieur Sempé, era representante comercial. Vendía latas de conserva. Mi madre cosía y limpiaba. No tenían nada, lo que comportaba muchas peleas, entre ellos y contra mí.

P. Usted fue hijo ilegítimo. ¿Nunca supo nada de su padre biológico?

R. Nunca quise saber. No quería poner a nadie en aprietos. No deseaba presentarme en casa de una familia bien asentada y preguntar: “¿Vive aquí mi padre?”. No, nunca lo fui a buscar. Hubiera sido un jaleo.

P. ¿Cómo llegó al dibujo?

R. Era más fácil encontrar un folio y un lápiz que un avión o un piano Steinway, por citar mis demás pasiones. En realidad, estaba loco por la música. Especialmente por el jazz, que ha sido la música del siglo XX. Hubiera hecho cualquier trabajo, pero todo el mundo me rechazó.

P. ¿Cuál fue su primer dibujo publi­cado?

R. No quiero hablar de él. Lo publiqué a los 18 años en Sud-Ouest, el diario de Burdeos. Era una catástrofe. Si me lo publicaron fue por pura amabilidad, tal vez esperando que algún día lograra hacer algo digno.

P. Se le suele tratar de nostálgico. ¿Qué hay de cierto?

R. Es verdad. Hay varias cosas que echo de menos. El papel, las plumas y la tinta que ya casi no se fabrican. O la Francia de otro tiempo, un país agradable y campechano que ha desaparecido. Ahora ya no hay sentimientos…

P. ¿En qué sentido?

R. La vida se ha vuelto muy dura. Solo consiste en trabajar y consumir. Todo va a una gran velocidad. Los pueblos se expanden y los países se entremezclan. Es una sociedad violenta, en la que cuesta hacerse un lugar. Los fuertes aplastan a los débiles y ya casi no existe la piedad. Lo llevo mal, porque esa brutalidad no me gusta.

P. Siempre ha sido un gran defensor de la bondad.

R. Pienso lo mismo que Vasili Grossman, el autor de Vida y destino. Tuvo una existencia infernal, pero al final de su libro afirma: “Solo creo en la bondad”. Yo diría lo mismo.

P. En Francia se le suele tildar de moralista. ¿Se lo toma como un insulto?

R. No sé qué querrán decir con eso…

P. Tal vez que sigue creyendo en el bien y en el mal.

R. Es así, por desgracia. Ya no está muy de moda ser así. Es como de otro tiempo.

P. ¿Es conservador?

R. No entiendo cuál es la relación. A uno le puede gustar la música clásica o la arquitectura del siglo XVII sin ser un retrógrado, ¿verdad? Pues con este tema sucede lo mismo…

P. ¿Usted vota?

R. Claro, pero no le voy a decir por quién. De eso no hablo.

P. ¿Qué es para usted dibujar?

R. Es un oficio que parece sencillo, pero no lo es. Es como cuando veo a los trapecistas de un circo. Me digo que lo que hacen es muy fácil, pero si decidiera subirme al trapecio me daría un tortazo importante. Con el dibujo sucede exactamente lo mismo.

P. ¿Cree en la inspiración?

R. Solo cuando llega. Cuando no llega, dejo de creer en ella.

P. ¿Qué hace cuando no llega?

R. En realidad, solo cuenta el trabajo, por mucho que me fastidie. La inspiración hay que ir a buscarla.

P. ¿Le ayuda observar la vida de sus semejantes?

R. Darme un paseo por mi barrio me ayuda a vivir y, por consiguiente, a dibujar. Pero no existe una relación directa. Nunca me he nutrido de mi biografía. En realidad, no puedo contarle cómo funciona, porque no tengo la menor idea. Es un misterio bastante desesperante. Si alguien le da la receta, dígale que me llame.

P. ¿Qué ha aprendido en estos 50 años largos de carrera?

R. Que soy más tonto de lo que creía. Que soy torpe, perezoso y desordenado. Que soy un hombre aturdido.

P. ¿Sigue dibujando?

R. Sí, pero ya no todos los días. Me resulta extraño, porque antes lo hacía sin parar. Ahora soy un hombre viejo. Me siento cansado. Ya ni puedo ir en bicicleta, una de mis grandes pasiones, porque se me estropeó una pierna tras un accidente vascular…

P. ¿Por qué no le gusta la palabra obra?

R. Resulta demasiado pretenciosa. En el fondo, usted y yo no dejamos de ser personas corrientes. Cuando veo a un tipo que habla de su obra como si fuera La Gioconda, me entra la risa.

P. Es por modestia, entonces.

R. No, más bien por un deseo de ser preciso respecto a lo que pienso de mi trabajo. Llamarlo trabajo, oficio o incluso curro me parece bien. Cualificarlo de obra, no.

P. ¿Firmar su primera portada para The New Yorker fue uno de los grandes orgullos de su vida?

R. Fue un enorme placer, se lo confieso. Pero no me haga describírsela; mejor se la enseño… [abre un libro que contiene el dibujo: un oficinista con cuerpo de pájaro que duda en salir volando por la ventana]. Este buen hombre podría escapar, porque lo tiene todo para poder hacerlo, pero no se decide. Esa es la condición de muchos seres humanos.

P. ¿Todos somos prisioneros?

R. Eso parece. Tanto si hemos elegido nuestra vida como si no. Pero no me haga hablar de estas cosas. Mejor pregúnteselo a Nietzsche o a Pascal.

P. Ya, pero están muertos.

R. Ah. Por eso nunca responden cuando los llamo.

P. ¿Diría que la amistad ha sido su tema principal?

R. Nunca fui consciente de ello. A fuerza de escucharlo, un día me puse a mirar mis dibujos y me di cuenta de que era verdad. Me parece un elemento muy importante en la vida. La amistad es algo maravilloso, a la vez que extraordinariamente difícil…

P. ¿La considera efímera?

R. No, la considero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos, a excepción de la barbarie.

P. ¿La amistad sustituyó a los afectos que no tuvo de niño?

R. Sí, sin lugar a dudas. Le contaré otra anécdota: mi músico favorito, Duke Ellington, que es un hombre que logró todas las recompensas y sedujo a todas las mujeres que uno pueda imaginar, solía decir, al final de su vida, que lo que había contado más era encontrarse en los brazos de su madre cuando era pequeño…

P. ¿Por qué nunca le interesó la caricatura política, tan de moda en la Francia de los sesenta y setenta?

R. Porque no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco, y en la caricatura política solo suele haber buenos y malos. La realidad es más complicada, a no ser que aparezcan Hitler, Stalin o Mao. A mí me gustaban esos estadounidenses de origen judío centro­europeo, como Chas Adams o Saul Steinberg, que practicaban el arte de la lítote, esa figura retórica que consiste en decir poco y expresar mucho.

P. ¿Qué relación mantuvo con sus compañeros de revistas satíricas como Le Canard Enchaîné o Charlie Hebdo?

R. Éramos colegas. Debutamos a la vez, pero nunca nos llevamos bien. Éramos demasiado distintos…

P. ¿Ideológicamente?

R. No, yo diría que más bien biológicamente [risas].

P. ¿Cómo fue trabajar con René Goscinny, con quien creó El pequeño Nicolás?

R. Lo conocí a los 20 años. No le puedo explicar por qué nos caímos tan bien. Sería como detener a una pareja por la calle y preguntarles: “¿Por qué se aman? ¿Qué le encuentra usted a este tipo?”. Es imposible describirlo…

P. ¿Por qué tuvo tanto éxito El pequeño Nicolás?

R. Muy fácil: porque nació pasado de moda.


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