Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.
La vida al margen del deporte (la hay)

Edu27
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por Edu27 » 08 Sep 2018, 23:04

elmascrack escribió:
Edu27 escribió:
elmascrack escribió:Por mucho que se pinche el globo separatista, los que han votado a CUP, ERC, Convergentes varios e, incluso comunes, es imposible que en un futuro no muy lejano acaben votando a Arrimadas. Y la participación poco más puede aumentar ya y lo haría en todos los lados. Pero bueno, de ilusiones también se vive.


Pues perfecto. Tu piensas que no es posible y yo que sí. Ya veremos a ver qué pasa.

Ya veremos. Pero la diferencia es que yo he argumentado por qué C's, sino a alcanzado ya su techo, es casi imposible que consiga gobernar en Cataluña a corto medio plazo y tú simplemente nos hablas de un acto de fe, un pensamiento tuyo sin razonar por qué llegas a él.


Diria que si que he dado argumentos, pero que importa, si crees que lo que digo es imposible, no se porque te preocupa tanto mi opinion

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elmascrack
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por elmascrack » 09 Sep 2018, 00:25

Edu27 escribió:
elmascrack escribió:
Edu27 escribió:
Pues perfecto. Tu piensas que no es posible y yo que sí. Ya veremos a ver qué pasa.

Ya veremos. Pero la diferencia es que yo he argumentado por qué C's, sino a alcanzado ya su techo, es casi imposible que consiga gobernar en Cataluña a corto medio plazo y tú simplemente nos hablas de un acto de fe, un pensamiento tuyo sin razonar por qué llegas a él.


Diria que si que he dado argumentos, pero que importa, si crees que lo que digo es imposible, no se porque te preocupa tanto mi opinion

Si has dicho los motivos por los que crees que C's puede llegar a gobernar en Cataluña, no me he enterado. ¿Podrías repetirlos? No es que me interese o no tu opinión. Lo que pasa es que como estamos en un foro de debate, me gusta que la gente explique el por qué de lo que ha opinado para poder debatir mejor.

Pero vamos, lo que vengo a decir es que, si a día de hoy no da para gobernar Cataluña con la suma de votos de PP, PSC y C's, por mucho que C's consiga acaparar muchos votos de ellos, incluso todos, les va a seguir sin dar para gobernar.

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Hay_sinla
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por Hay_sinla » 16 Sep 2018, 19:25

Pablo Iglesias en la piscina del gran Gatsby

PEDRO VALLÍN

La controversia en torno a la casa de Galapagar cuenta más cosas sobre el país y su opinión pública que sobre el líder de Podemos, y ya las había escrito Francis Scott Fitzgerald

Al sociólogo malagueño y diputado José Andrés Torres Mora le gusta contar una anécdota para explicar por qué la tradición republicana y antifranquista a la que pertenece su familia está asociada al PSOE y no al PCE: “En mi casa éramos demasiado pobres, no podíamos permitirnos ser comunistas”. Sea o no una boutade, esa definición de la distinta naturaleza de comunistas y socialistas en España ilustra una convicción que encaja regular con los últimos cuarenta años de política española pero que caricaturiza –a favor de los socialistas, claro– la diferencia entre unos y otros convirtiendo el socialismo en la militancia de los que nada tienen y necesitan el socorro de la política, frente al comunismo, dibujado como una veleidad de intelectuales de la transformación social con formación universitaria y el estómago resuelto.

Conciencia de clase silenciosa frente a desafiante exhibicionismo intelectual. Torres Mora, todo sea dicho, usa esta sarcástica parábola a su favor, para denostar a los profesores de política que fundaron y dirigen Podemos, tanto como para reivindicar la modestia de su propio origen. Pero también podría usarse en su contra para explicar por qué el PSOE estuvo mayormente apagado o fuera de cobertura durante el franquismo, mientras el PCE capitaneaba la lucha clandestina. Y no son una cosa y la otra necesariamente contradictorias. O para delinear malévolamente la sumisión del socialismo a los poderes reales, frente al retador discurso comunista. Al cabo, hay algo de la real politik de La cabaña del tío Tom en esa imagen que propone el diputado.
Podríamos hacer un correlato de esta hipérbole en el lado derecho del arco político y observar a los neoliberales como una tradición teórica de los humildes y ambiciosos que sobre el papel pretende robustecer el ascensor social de la oportunidad y el esfuerzo, frente a los democratacristianos, que encarnan la tradición conservadora y compasiva de los que ya tienen cocinera interna y puerta de servicio, y están dispuestos a repartir; o los neocon, que en el fondo creen que la emancipación de los desposeídos ya ha ido demasiado lejos. Al que firma se le vienen a la cabeza algunos ejemplos palmarios del actual Congreso de los Diputados que encajan como un guante con este contraste entre el neoliberal modesto y el cristianodemócrata burgués.
Durante los años ochenta y noventa fue casi una realidad que el soporte público de la educación, con el requisito del esfuerzo y el concurso imprescindible de un azar venturoso podía permitir a un don nadie nacido en un pueblo perdido acabar fumándose un puro en una mansión. España se lo creyó. Hoy, con la educación pública asfixiada por el propio Estado, el encarecimiento de tasas, la reducción de becas y el baño de incentivos al sector educativo religioso y privado, es difícil creer en el alpinismo social, aunque concurra mucha fortuna y mucho esfuerzo. Como mucho, escalada libre, a cuerpo gentil, un deporte reservado para audaces sin sentido del riesgo ni demasiado aprecio por su vida.

La crisis detuvo en seco el imperfecto ascensor social y las políticas desplegadas desde entonces en casi todo Occidente marcan la escalera de servicio para los que están destinados a llevar cofia, y el ascensor de caoba para aquellos que siempre han vivido en el ático: El nuevo modelo meritocrático señala que sea ingeniero el hijo del ingeniero y camareros o mensajeros, todos los demás.

Late en toda esta mansedumbre una pulsión estructural muy relacionada con nuestra experiencia democrática breve y con la crianza de varias generaciones, las más veteranas, maceradas en la vinagreta del nacionalcatolicismo. Y se expresa en la anécdota de Torres Mora: los modestos no han de sacar la cabeza, deben aspirar a prosperar sin que se note. El socialismo, reinterpretando la parábola del diputado malagueño, sería la forma de defender los propios intereses sin asustar a nadie, sin jactarse, mientras el comunismo sería el exhibicionismo intelectual de quienes no temen molestar y asustar al amo gritando a los plutócratas que se los van a comer. Conciencia de origen: una vieja expresión de orden social.

La literatura estadounidense, en tanto único país cuyo mito fundador descansa en el igualitarismo de la oportunidad, ha desarrollado este asunto del ominoso pecado original de los humildes de forma exuberante y desencantada. Francis Scott Fitzgerald fijó el canon que delataba la fragilidad del mito fundacional americano en El gran Gatsby, tal vez una de las novelas más importantes del siglo XX. Al menos, para los que no se conmueven mucho con el ajuste de cuentas que la literatura europea afrontó respecto a los campos de exterminio porque era, en el fondo, una terapia de culpa y redención judeocristiana; ni tampoco se rinden con facilidad ante el ensimismamiento onanista llamado literatura existencial o introspectiva.

La novela, la historia del advenedizo Jay Gatsby, un paria que puja por enriquecerse (a partir del esfuerzo, la oportunidad y el atajo) para ser digno de Daisy Buchanan, su amor de adolescencia, ahora casada con el millonario de toda la vida Tom Buchanan, ilustra con tal crudeza el clasismo del país de las oportunidades que incluso Jack Clayton y Francis F. Coppola (director y guionista) la endulzaron en su adaptación al cine de 1974. Nunca describieron a Gatsby (Robert Redford) como un hortera, sino más bien como un novísimo triunfador, un dandi ostentoso enamorado de una muchacha caprichosa y banal. Baz Luhrmann, en su revisión de 2013, fue mucho más explícito y su Gatsby (Leonardo di Caprio), desde su casa y sus fiestas hasta sus trajes y coches, es descrito como un nuevo rico, un tipo sin clase. Es decir, con ella, pero no la apropiada. La frase de Tom Buchanan en la escena culminante de la calurosa tarde de verano en el piso de Manhatan es una delación: “Cómo te vas a fugar con este hombre, ¡lleva un traje rosa!”.

En gran medida, desde el punto de vista del relato de país, los Gatsby son América con la misma intensidad que los Buchanan son la vieja Inglaterra. El triunfo final de los Buchanan es pues una derrota postrera, simbólica pero rotunda, en la Guerra de Independencia que los americanos habían ganado a los ingleses siglo y medio atrás.

El sonrojo de los estadounidenses ante esta negación del mito jeffersoniano que consagra en su Declaración de Independencia el derecho de todos a buscar la prosperidad y la felicidad –“cualquier americano puede ser presidente”, en su formulación más depurada– lo plasmó Fitzgerald en el pudor hipócrita que Tom Buchanan expresa durante la primera parte de la novela, justificando su desconfianza hacia Gatsby por su convencimiento de que tras su enriquecimiento hay crimen y no mérito. Los hay, ambos. Solo al mentar el delator atuendo de seda rosa emanan las grandes revelaciones del relato: Gatsby nunca podrá ser un igual por más dinero y simpatías que atesore, y Daisy, que le propone huir juntos y empezar de nuevo donde nadie los conozca (donde nadie sepa), no está dispuesta a divorciarse de Tom, casarse con Gatsby y mudarse al otro lado de la bahía, al ostentoso Taj Majal que le ha levantado su amado a la vista de toda la high society neoyorquina.

Daisy Buchanan es América desmintiéndose a sí misma. Y es la España popular, mileurista y atribulada, tomando partido por la reina aristócrata frente a la reina plebeya mientras finge que no se ha pasado del jamón a la mortadela para poder comentar la jugada en la cafetería. Rascándose el bolsillo para jugar a cine de tacitas. Así se explica la polémica que asaltó a la Casa Real a propósito de la pugna entre las reinas Letizia y Sofía. Gatsby y Buchanan. Repasando la controversia, es asombroso la de párrafos que somos capaces de desplegar siguiendo el vuelo circular del buitre o los meandros de la aproximación tímida de la hiena sin atrevernos a hincar el diente a la carne vigilada. Un manjar de puro clasismo al que miramos golosos, por más que tratemos de disimular, describiendo parábolas, la intensidad con la que andamos salivando.
Este relato fitzgeraldiano sobre la conciencia de clase se ha convertido en canon y ha conocido enfoques mucho más conservadores, quizá el más evidente de ellos el que propone Match Point (2005), de Woody Allen. Arribista y asesino son sinónimos en una película que, muy apropiadamente, se desarrolla en Londres.
El novelista que con más acidez ha revisado la tragedia de Fitzgerald es el Philip Roth de La mancha humana. El protagonista de la novela de Roth, Coleman Silk, un veterano profesor acusado por error de comentarios racistas, es un personaje posfitzgeraldiano: como Gatsby, borra las huellas de su pasado (aunque tiene la piel blanca, Coleman es hijo de padre y madre negros, un origen que ha ocultado durante toda su vida adulta), pero a diferencia del dandi de Long Island, se cuidará de pavonearse de su suerte, de hacer patente que es un producto de la oportunidad y el esfuerzo.
Es difícil dar con una más patente alegoría de la conciencia de clase convertida en vergüenza de clase. La conciencia de un pecado original que ha de ser culposamente ocultado al punto de que Silk preferirá perder su cátedra y ver enterrada su carrera por un malentendido antes que confesar su verdadera condición racial, que sería suficiente para desmentir que el suyo hubiera sido un comentario racista. Entre los áticos y los sótanos de la sociedad, la conciencia de clase, que alguna vez quiso ser orgullo de clase o incluso poderoso rencor de clase, se había convertido en pura y simple vergüenza.
Hay otra novela que lleva la tragedia de Coleman Silk y Jay Gatsby aún más lejos, poniendo sobre la mesa la capacidad del menesteroso para condenarse al patíbulo antes que confesar la verdadera dimensión de su condición humilde: En El lector (adaptada al cine por Stephen Daldry en 2008), el escritor y juez Bernhard Schlink narra la historia de Hanna Schmitz, una modesta revisora de tranvía dispuesta a ser condenada por infames crímenes durante el Holocausto antes que confesar una tara que la exculparía de todos los cargos: no sabe leer ni escribir, así que ella no pudo ser la responsable de las infaustas órdenes asesinas. Hannah y Coleman son la antítesis de Jay Gatsby, empeñados en mimetizarse y ocultar a toda costa cualquier escalada en la jerarquía social, en hacerse perdonar por la osadía de vivir mejor que sus padres. Expresión esférica de la conciencia culposa del intruso.
Los casos de Hannah Schmitz y Coleman Silk no son performativos sino descriptivos. Es importante entender esto. Coleman Silk es, en la parábola propuesta por José Andrés Torres Mora, un buen socialista. Como Mario (Federico Luppi) el médico colectivista de Un lugar en el mundo (1992), el western comunista de Adolfo Aristaráin: “Yo no digo que se ha perdido una batalla pero no la guerra. Yo digo que si la guerra se ha perdido al menos me quiero dar el lujo de ganar una batalla”. La primera vez que lo oyes no calibras la profunda rendición de Mario.
Quizá entonces, el éxito del neoliberalismo radica en que, promoviendo el ascensor social, haya logrado convencer a todos de que es normal que siempre tenga colgado el cartel de “no funciona”. Y así llegamos a la osada adquisición de vivienda de Pablo Iglesias e Irene Montero. Los Coleman Silk del mundo no salen de su asombro.
En esta batalla cultural, tan elocuentes de quiénes somos como sociedad son los deficientes esfuerzos de algunos por defender la legítima adquisición como los argumentos de otros para censurarla. “No es por el chalet, es por coherencia”. Venga ya, es mentira: sí es por el chalet. Claro que es por el chalet. Si la pareja hubiera adquirido un piso en el interior de Madrid habría tenido que suscribir una hipoteca más cara, pero no estaríamos hablando de esto. Cualquier vivienda de un centenar de metros cuadrados y dos habitaciones en la ciudad amurallada (el interior de la M-30) cuesta hoy más de 600.000 euros, por ejemplo en el popular y juvenil barrio de Malasaña, y hasta 800.000 euros en Chamberí o Chueca. Sin mencionar Los Jerónimos, Retiro, Barrio de Salamanca, Pintor Rosales, por encima del millón. Pero nadie habría sacado a relucir la hipoteca con más intención que hacer una risa pasajera.

Galapagar tiene eso: en las localidades próximas, como la señorial Pozuelo de Alarcón, la expansiva Boadilla del Monte o, más arriba hacia el Guadarrama, en Hoyo de Manzanares o en El Escorial, se usa desde hace décadas la expresión “la sierra pobre” para denominar la colina en la que está Galapagar. Dónde compra el que no puede vivir en Pozuelo. De ahí el precio del chalet.

No, no es el dinero. Es el chalet. Claro que es el chalet. Si Montero e Iglesias, que van a ser padres de dos niños al final del verano, hubieran adquirido una antigua casa de labranza con el doble de superficie construida que el chalet de Galapagar y un par de hectáreas de jardín, huerta y pastos, poniendo que pudieran apurar posibilidades de sus ingresos, no habría caso.

Pero no se trata de un piso ni de una antigua masía, es un chalet. Es el símbolo, a veces indeseado –como en Las verdes praderas (1979), magnífica radiografía de la España pujante de la transición dirigida por José Luis Garci, que reinterpretó a su sagaz manera el relato de Fitzgerald– del ascenso social, el chalet tiene aire de conquista personal. Y el de Galapagar tiene una hermosa piscina en la que ya casi podemos ver flotando el cadáver de este Jay Gatsby vallecano que se ha atrevido a cortejar a la esposa de Buchanan, alegoría perfecta de un electorado que le pone ojitos a un dandi de extrarradio. Coleman Silk podría tener un chalet, siempre que fuese discreto; de Tom Buchanan ni hace falta hablar. Pero el partisano de Podemos, con su coleta retadora, no puede pretender habitar en un icono inmobiliario reservado para el solaz de otra clase social.
Lo simbólico es trascendente por el papel que encarna el joven politólogo vallecano, un personaje público del que el propio Iglesias no es del todo dueño, y por lo que ha significado su irrupción en la política del último lustro (“el comunista franciscano”, describe Enric Juliana). Pero también y sobre todo por lo que dice de quiénes somos como sociedad. La política es representación y por tanto teatralización, y funciona con parámetros que no siempre se adecuan con docilidad a la realidad de las cosas. La controversia, especialmente la que procede de sus propias filas, revela por eso que el papel que se le exige en este Auto de Fe no es el de héroe del pueblo sino el de mesías de la tribu. La diferencia entre ambos arquetipos narrativos es patente: el héroe salva a la comunidad para gobernarla con justicia, mientras que el mesías la ha de salvar a costa de sí mismo.
Quizá algo de esta pulsión late en el éxito del documental ganador del Oscar Searching for Sugar Man (2012), de Malik Bendjelloul. La historia del albañil hispano de Detroit que sin saberlo era un icono cultural desde treinta años antes en Sudáfrica –donde las canciones de su fallida carrera de cantautor eran todo un éxito y un símbolo para una generación airada– contenía un elemento que redondeaba su condición de cuento ejemplar: cuando el documentalista localiza a un Sixto Rodríguez viejo y achacoso, este resulta ser un santón proletario, un hombre humilde y recto que acepta con mansedumbre su funesta suerte artística. Un asceta, casi un eremita. Ese era tal vez el deber que la feligresía había reservado a Iglesias.
En el desenlace de El gran Gatsby, él paga con su vida un crimen de su amada. Fue Daisy, y no Jay, quien conducía ebria el coche que atropelló a Myrtel Wilson, la desgraciada amante de Tom Buchanan que soñaba con huir de la cochambrosa gasolinera. Jay Gatsby es tiroteado en su piscina y por la espalda por el viudo George Wilson, un infeliz mecánico de condición tan menesterosa como la del propio Gatsby. Nuestro Wilson, parapetado tras un seto, muy bien podría ser el alcalde de Cádiz, José María González Kichi , que el viernes lanzaba una envenenada nota de prensa golpeándose el pecho y poniendo a sus hijos por testigos de que él jamás abandonará su barrio de currantes. El crimen de los Buchanan lo ejecuta un pobre hombre. Cuña de la misma madera. He ahí la expresión perfecta del privilegio de clase.
Fitzgerald concede a Gatsby una última gracia, las bendiciones del narrador. El relator de la historia, Nick Carraway (primo de Daisy que, al contrario que Gatsby, tiene posición pero ni un penique en el banco), se despide de su amigo la noche antes del crimen: “Son mala gente. Tú vales más que todos ellos juntos”.
Y mientras estaba allí, cavilando sobre aquel antiguo mundo desconocido, pensé en el asombro de Gatsby cuando descubrió por primera vez la luz verde al final del embarcadero de Daisy. Había hecho un largo camino para llegar hasta aquel césped de color azul, y su sueño tuvo que parecerle tan cercano que difícilmente podía dejar de alcanzarlo. No sabía que ya estaba tras él, en algún lugar de aquella vasta negrura más allá de Nueva York, donde los oscuros campos de la nación americana se extendían interminables, bajo la noche.

Gatsby creía en la luz verde, en el orgiástico futuro que año tras año retrocede delante de nosotros. Se nos escapa en el momento presente, pero ¡qué importa!, mañana correremos más deprisa, nuestros brazos extendidos llegarán más lejos. Y una hermosa mañana…

Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.
Ya va tomando el camino su arambol.
Somos Gary Cooper y Sara Montiel

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THE GREATEST
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por THE GREATEST » 30 Sep 2018, 22:22

Hoy le tenemos en el buque insignia mediático de la Zurda: la Sexta, con Anita Pastoremos, la mujer del comunista millonario Ferreras.

Nueva exhibición de odio y rencor hacia la España monárquica, católica y constitucional.

¿Por qué se autoproclama portavoz de las clase trabajadora alguien que vive en un chalet valorado en más de 1 millón de euros? La eterna desfachatez del neomarxismo bolivariano.

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malagalabella
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por malagalabella » 30 Sep 2018, 22:39

Torra, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, la Secta se la está sacando
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Trasgus.
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por Trasgus. » 30 Sep 2018, 23:34

THE GREATEST escribió:Hoy le tenemos en el buque insignia mediático de la Zurda: la Sexta, con Anita Pastoremos, la mujer del comunista millonario Ferreras.

Nueva exhibición de odio y rencor hacia la España monárquica, católica y constitucional.

¿Por qué se autoproclama portavoz de las clase trabajadora alguien que vive en un chalet valorado en más de 1 millón de euros? La eterna desfachatez del neomarxismo bolivariano.

Joder, el piso se revaloriza por días, el otro día dijiste 600.000, hoy 1kilo, mañana serán 2 kilos y en un mes Pablo iglesias desbancara a Amancio como el español mas rico

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Titus Pullo
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Re: Lo de Pablo Iglesias es puro delirio.

por Titus Pullo » 01 Oct 2018, 00:12

Está hinchao, vaya un fanegas.
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